No se aceptan corruptos

El rechazo social no siempre se manifiesta con pancartas ni se concentra en la plaza de la bandera. A veces adopta la forma de un gesto, casi imperceptible, pero certero. Es una mesa con sillas vacías, porque nadie quiere sentarse junto al corrupto.

No es necesario señalarlo con el dedo. Basta con no mirarlo, no reírle las gracias, no devolverle el saludo, no fingir normalidad. La corrupción se alimenta precisamente de esa ficción colectiva que insiste en que aquí “na’ es na’”, en que todo sigue igual, aunque el dinero se haya desviado y la vergüenza se haya escondido debajo de la alfombra. Los corruptos prosperan cuando la sociedad los trata como una molestia pasajera y no como lo que realmente son: traidores de la confianza pública.

Lo comprendí en Paraguay, un país que muchos miran desde lejos, pero que ha sabido dejar una huella profunda en la conciencia colectiva. Allí, la corrupción dejó de ser un tema de sobremesa para convertirse en una vergüenza pública, casi en una cuestión de honor. No hubo grandes discursos ni consignas. Hubo cansancio. Cansancio acumulado durante años que, llegado el momento, se transformó en rabia. Y ese cansancio, cuando se organiza, se vuelve implacable.

Los políticos señalados comenzaron a notar el cambio en la rutina cotidiana. En los restaurantes, los camareros no lo atendían. En las tiendas, las conversaciones se interrumpían a su paso, como si la corrupción fuera contagiosa. En los bares, el murmullo bajaba cuando entraban y se reanudaba apenas se iban. No había insultos ni gritos. Se les trataba, simplemente, como a personas a las que ya no se les debía nada: ni respeto, ni cortesía, ni indulgencia. No eran expulsados; se les retiraba el privilegio de la normalidad.

En algunas tiendas y restaurantes había carteles visibles y directos: “No se aceptan corruptos”. Sin matices, sin letra pequeña, sin excusas. Ese mensaje decía más que mil artículos sobre ética pública y más que muchos discursos inflamados contra la corrupción.

Pensé entonces en la confianza, esa fragilidad que se rompe sin hacer ruido y que rara vez vuelve a ser la misma. Un corrupto no roba solo dinero. Roba tiempo, expectativas y la idea misma de que cumplir las reglas vale la pena. Por eso el rechazo social pesa más que cualquier sentencia judicial. La condena se cumple y se archiva; el rechazo acompaña al corrupto en su vida diaria, recordándole a cada paso que algo esencial se quebró.

No se trata de linchamientos ni de pureza moral. Se trata de higiene cívica. De decir “hasta aquí” sin levantar la voz. No propongo hogueras públicas, sino gestos cotidianos: no saludar, no aplaudir, no legitimar. La normalidad debe ser un premio, no un derecho automático, y se pierde cuando se traiciona a la sociedad.

Entender esto cuesta. Obliga a renunciar a favores, a romper silencios cómodos y a abandonar atajos.

Exige memoria, una virtud escasa. Pero funciona. Restituye la idea de que la comunidad puede protegerse incluso cuando las instituciones fallan. Recuerda que la dignidad no se negocia: se ejerce.

Vi en Paraguay una sociedad cansada, pero despierta. No heroica ni grandilocuente, solo harta. Cuando una sociedad se harta, deja de pedir perdón por exigir cuentas y empieza a poner límites. Pensé entonces en mi propio país, en lo fácil que resulta indignarse y en lo difícil que es incomodar a quienes perpetúan la corrupción. Quizá el verdadero castigo no sea la cárcel, sino que nadie quiera sentarse a tu lado. Quizá el cambio empiece justo ahí: “No se aceptan corruptos”.

Posted in DE UNA SENTADA

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