Algo falla. Se nota. Y preocupa.
Una encuesta reciente sostiene que el sesenta por ciento de los electores no se identifica con ninguna de las ofertas presidenciales. Desconozco cuánto resistiría esa cifra una revisión rigurosa, pero la pregunta que plantea resulta incómoda: ¿qué ocurre cuando la gente deja de esperar algo de quienes pretenden gobernarla?
Antes se votaba también por una promesa. Un padre quería que sus hijos estudiaran, encontraran trabajo y vivieran mejor. No pedía demasiado. Hoy, conseguir un título universitario puede ser más fácil que conseguir un salario capaz de pagar el alquiler. Y los políticos siguen hablando de oportunidades con una tranquilidad admirable.
En Brasil, Lula entendió algo que muchos candidatos dominicanos parecen haber olvidado: las elecciones también se disputan hablando de la vida que la gente desea tener. Se puede discutir su gestión, sus errores y sus ideas. Lo difícil es negar que supo dirigirse a quienes necesitaban una razón para confiar.
Aquí abundan los aspirantes. Escasean las propuestas. Hay encuestas para todos los gustos, caravanas, fotografías y discursos preparados para no decir nada. Algunos confunden la cantidad de vehículos que los acompañan con la cantidad de ciudadanos que los creen.
Nadie explica cómo mejorarán los salarios, qué harán con la educación técnica o de qué manera un joven podrá comprar una vivienda con su propio esfuerzo, sin heredar una fortuna ni pedir favores políticos. Se prometen empleos públicos como si la administración fuera una agencia de colocaciones. La competencia profesional suele quedar para después de las elecciones.
Mientras tanto, una parte de la juventud observa que el esfuerzo no siempre recibe recompensa y que demasiados personajes prosperan sin acreditar mérito alguno. No sorprende entonces la fascinación por el dinero fácil. Sorprende que nuestros dirigentes no encuentren relación entre ese fenómeno y su propia conducta.
El problema no consiste únicamente en que la ciudadanía desconfíe de los candidatos. Es peor que empiece a desconfiar del porvenir.
Una democracia puede soportar políticos mediocres. Lo que difícilmente soporta, durante mucho tiempo, es una generación convencida de que mañana vivirá peor que ayer. Y nadie parece dispuesto a explicarle por qué debería seguir esperando.
Demuéstrame que estoy equivocado…
