En Navidad me dio por escuchar música en CasaMar, pero solo canciones de Juan Luis Guerra. Afuera, la mar respiraba con su paciencia. Adentro, la música iba trazando otro mapa del tiempo, uno que no aparecía en los relojes ni en el calendario. No fue una decisión consciente ni una cruzada contra los villancicos, que bastante tienen ya con existir. Simplemente ocurrió. Una canción llevó a la otra, como sucede cuando el año se apaga y los recuerdos pasan lista sin pedir permiso.
Entre un arroz navideño, la familia ampliada alrededor de la mesa y una botella abierta a medias, me vi de pronto en la universidad, en 1984, caminando por los mismos pasillos con la que hoy es mi esposa.
Entonces el futuro era una palabra decorativa, como esas promesas que se hacen en diciembre con tinta soluble. Todo parecía posible porque nada había ocurrido todavía. Ahora el futuro es esto: el recuerdo sentado a la mesa, compartiendo una cena serena, mirándonos con la complicidad de quienes ya no necesitan explicarse nada, celebrando al primer nieto en su primer año de vida, como quien confirma que la historia siguió su curso.
Las canciones de Juan Luis no envejecen porque nunca fueron jóvenes. Nacieron adultas. Traían la vida hecha por dentro: historias de barrio, de gente que trabaja, que estudia, que se enferma de la bilirrubina, que ama como puede y se equivoca sin aspavientos. Gente que se va a Santiago a pasear en un coche sin saber muy bien qué busca. Esas canciones no levantan la voz para quedarse en la historia sentimental; caminan a tu lado, como un amigo que no presume.
Hoy uno enciende la televisión, abre YouTube, y encuentra brillo, ritmo, una perfección que dura lo que dura el brindis. Todo suena bien. Todo parece diseñado para no incomodar. Pero cuesta encontrar relatos musicales. Cuesta dar con una canción que hable de una mesa incompleta, de una silla vacía, de alguien que llega tarde porque el metro dejó de funcionar. De esas pequeñas verdades que también forman parte de la Navidad.
No digo que no existan. Claro que hay músicos que siguen contando el mundo cercano, el que no sale en las fotos. Pero no son mayoría, y tampoco pasa nada. Cada época celebra como puede. Yo no soy experto en música. Nunca lo fui. Soy apenas un oyente.
Quizá por eso vuelvo a estas canciones cuando el año casi se despide. No porque todo tiempo pasado haya sido mejor, sino porque me recuerdan cómo escuchar. La buena música hace lo mismo que la Navidad cuando es sincera: te devuelve, sin aspavientos, al lugar del que vienes. Yo vengo de un barrio pobre y de los días de estudiante en la UASD, y en esas canciones todavía me reconozco.
