No me llamo Luis Abinader, pero si ocupara hoy la Presidencia, comenzaría aceptando una verdad política: la Constitución impide una nueva reelección. Esa circunstancia transforma el último tramo del mandato en una prueba distinta. Ya no basta administrar; corresponde preparar el futuro del partido y del país. Quien gobierna también hereda responsabilidades hacia quienes deberán sostener las instituciones cuando él ya no esté en la boleta.
La historia reciente explica buena parte del triunfo oficialista. La división del Partido de la Liberación Dominicana abrió un espacio electoral que coincidió con el cansancio ciudadano provocado por los escándalos de corrupción. Aquellas circunstancias facilitaron una alternancia legítima. Pensar que volverán a repetirse sería una apuesta arriesgada. Las oposiciones aprenden, los gobiernos se desgastan y los electores cambian sus prioridades con rapidez.
Por eso revisaría con serenidad el mapa interno del PRM. Identificaría dirigentes capaces de dialogar con generaciones más jóvenes sin romper los vínculos construidos por quienes fundaron la organización. Buscaría liderazgos entre cuarenta y cuatro y cincuenta y cinco años, combinando experiencia administrativa, arraigo territorial y credibilidad pública. Renovar no significa desplazar por impulso, sino preparar relevos antes de que las urgencias obliguen decisiones improvisadas.
También reorganizaría el gabinete. Un gobierno necesita técnicos competentes, aunque igualmente requiere ministros con autoridad política dentro del partido. Esa combinación fortalece la gestión cotidiana y evita que la administración avance separada de la estructura que después deberá defender sus resultados ante los ciudadanos.
Además distribuiría mejor las responsabilidades políticas. Ningún partido mantiene cohesión duradera cuando demasiadas decisiones descansan sobre pocas personas o familias. Abrir espacios para nuevos cuadros fortalece la confianza interna y estimula el trabajo territorial. Los dirigentes necesitan percibir oportunidades reales de crecimiento, porque el compromiso cotidiano también surge de expectativas legítimas. Un liderazgo seguro comparte responsabilidades, escucha críticas, corrige errores y reconoce méritos sin calcular únicamente conveniencias inmediatas. Esa cultura organizativa crea estabilidad, favorece acuerdos internos y disminuye las fracturas que suelen aparecer durante las campañas. Preparar sucesores responsables requiere planificación, generosidad y disciplina. También exige aceptar que ninguna victoria electoral garantiza otra futura. Cada período plantea desafíos diferentes, ciudadanos más exigentes e instituciones sometidas constantemente al escrutinio público. Sin organización renovada, cualquier administración termina dependiendo demasiado del prestigio personal del mandatario, nunca de una estructura preparada para continuar gobernando unida.
La comunicación recibiría otra atención. Incorporaría profesionales familiarizados con plataformas digitales, formatos breves y conversaciones permanentes. Las políticas públicas necesitan explicaciones comprensibles, verificables y oportunas. Cuando un gobierno guarda silencio, otros llenan ese espacio con versiones interesadas que terminan condicionando la percepción pública.
Intentaría reducir la incertidumbre sobre la candidatura presidencial. Una competencia interna prolongada consume recursos, multiplica resentimientos y dificulta construir un mensaje coherente. Procuraría un acuerdo amplio antes de enero de 2027, preservando la participación partidaria, pero evitando una confrontación innecesaria entre compañeros.
Mantendría la estabilidad institucional respaldando los liderazgos congresuales existentes, mientras abriría mayores responsabilidades para dirigentes jóvenes preparados. Ninguna organización conserva vitalidad cuando los ascensos dependen siempre de los mismos apellidos, grupos o relaciones personales.
Finalmente, entendería que el tiempo político nunca permanece inmóvil. El legado de un presidente no depende solamente de las obras ejecutadas, sino también de la capacidad para entregar una organización cohesionada, competitiva y preparada para enfrentar una nueva elección. Gobernar exige administrar el presente, anticipar los desafíos futuros y comprender que fortalecer las instituciones constituye una responsabilidad inseparable del ejercicio democrático. Esa tarea debería de comenzar hoy, pero Luis Abinader es el presidente.
Demuéstrame que estoy equivocado.
