El escritor colombiano García Márquez presenta en su obra “El general en su laberinto” el periplo de los últimos meses de vida del libertador suramericano Simón Bolívar, una narración descarnada que describe vívidamente la decadencia del prócer, su deterioro físico -en un ambiente deprimente de derrota -y su profunda decepción con quienes consideró sus aliados y luego tomaron sus propios rumbos, traicionaron los ideales que los habían mantenido unidos por una patria independiente del poder español, como también ocurrió en el ocaso de nuestro patricio.
Acompañado por su fiel servidor José Palacios a quien dijo: “Vámonos… volando que aquí no nos quiere nadie” o de su compañera Manuela a la que en una ocasión comentó: “No tengo amigos… y si acaso me quedan, ha de ser por poco tiempo”, a medida que se acercaba su final se arrepiente de una existencia llena de sacrificios, alejado de su familia y de sus amores, como alma errante entre los pueblos que aceptaron recibirlo, mientras otros escribían a carbón en las paredes “no se va, no se muere”.
Aún en su declive, surgen destellos de lucidez, alimentados por aciertos políticos del momento, para luego volver al inexorable pesar de los desengaños, como lo evidencian las cartas que le sobrevivieron. Aunque también en el relato resulta latente la incredulidad de algunos de que realmente se marchara a Europa, en el entendido de que sus ansias de poder eran superiores a sus propias fuerzas y eran justo esos afanes de seguir incidiendo en los destinos nacionales lo que lo mantenía en pie, vigilante de lo que ocurría en el gobierno y como fuente de consulta de los altos estamentos que buscaban su apoyo como el símbolo que siempre fue.
Se trata de una obra escrita en los ochenta con historias noveladas sobre hechos reales del siglo XIX que en pleno siglo XXI resultan tan actuales como en la época que le sirvió de inspiración porque, para estos tiempos que corren de ingratitudes, cualquier parecido con la realidad ya no es pura coincidencia.
