El mango criollo, la prohibición y el ná e ná

El Departamento de Agricultura de USA acaba de prohibir la entrada a su territorio, del mango criollo. Ese mismo que nació mucho antes que los ministerios, las aduanas y las certificaciones. Surgió cuando alguien enterró una semilla, sin entender que estaba sembrando una tradición. Ese creció al borde de un camino, dio sombra en un conuco y alimentó a generaciones de muchachos que aprendieron lo que era marotear y treparse en sus ramas, antes que las complicaciones de la tabla del 7. Todo dominicano conoce el rito. Ver el primer mango pintón era la invitación al “pecado” y bastaba una “pedrá, bien dirigida”, una vara apropiada o un buen trepador con ánimos de mono, para que llovieran mangos. El dueño de la mata gritando y los muchachos “jondiándose” y corriendo entre risas, con la camisa convertida en canasta, la cara amarilla y el jugo escurriendo por los codos. El mango nunca ha sido una “fruta fina”: se come sentado en una piedra, debajo e’una mata, con “la farda enrrollá”, con ellos en una jigüera y a embarrarse la cara y dejar los dedos pegajosos marcados en una “paré recién pintá”. En Bani no solo se vende, el mango se conversa. Se habla de los árboles como si fueran hijos y algunos tienen nombre, historia y hasta carácter: el Mingolo parece presumido, el Banilejo se cree rey del patio y el Gota de Oro hace honor a su nombre y presume de ser mejor, aunque chiquito y la manga, matrona de la “parcela y la rigola”. Cuando llega la Feria del Mango la gente celebra algo más que una cosecha. Celebra parte de su identidad. Pero este año entre vistosas exhibiciones, concursos y premiaciones se colaron palabras poco campesinas: protocolos, trazabilidad y una expresión más compleja y extraña: certificación fitosanitaria. Palabras que parecen paridas en una oficina con aire acondicionado que hoy deciden si el mango criollo tiene visa, viaja y traspasa fronteras, porque el mundo moderno no solo compra frutas: compra confianza y esta tiene reglas. Los Estados Unidos no averiguan si el mango está dulce, si no “ta madurao con carburo”, lo que preguntan es si puede llevar una plaga escondida y para eso no basta que le juremos por la Virgen de la Altagracia que salió sano.

Quieren inspecciones, registros, pruebas y tratamientos. Y allí nace algo de nuestra vieja costumbre del “ná e ná” que ha sido el aceite nacional. Sirve para que no rechinen los problemas criollos y es que los mercados internacionales tienen menos paciencia que una abuela Banileja cuidando un “durce’leche”. “Lo samericano” no rechazan el mango criollo, están probando nuestra disciplina y que el “ná e ná”, no reemplace el reglamento. Una sola muestra puede cerrar un mercado entero y es que nuestras indisciplinas no caben en la agricultura del siglo XXI. Puede que el problema fue más pequeño y peligroso: tratar los protocolos con el “ná e ná”… El mango criollo seguirá siendo el mismo: dulce, generoso y orgullosamente dominicano. Quizás, los que tenemos que madurar… somos nosotros.

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