Le conocí una tarde en la redacción, donde se presentó empapado por el fuerte aguacero. En la madriguera donde vivía, la pobreza había dejado en él su marca profunda. A causa del barro y la dureza del pavimento, sus pies, siempre descalzos, se habían hipertrofiado hasta el punto que ya no resistía los zapatos. La única vez que los tuvo los perdió la tarde que los dejó a orillas del charco para bañarse porque el agua nunca brotaba por el viejo grifo que su padre, la última vez que estuvo en casa, golpeó salvajemente con una piedra.
Para sobrevivir aprendió a hurtar. Comenzó llevándose una naranja de un puesto de frutas en el mercado que estaba a pocas cuadras del barracón donde él, su madre y sus dos hermanitos compartían ilusiones y estrecheces desprovistos de esperanza. Con el tiempo desarrolló inverosímiles habilidades. Trepando paredes y una mata llena de mangos sació su hambre más de una vez, pero perdió una costilla y el antebrazo izquierdo se le dobló para siempre.
Conoció al único hombre que verdaderamente se compadeció de él en la más penosa circunstancia. Fue un policía que en vez de llevarle a la cárcel para menores, permitió que siguiera en libertad perdiéndose en el vicio y la miseria.
Fue un domingo y estaba hambriento. El cura de la iglesita del barrio no tuvo ese día qué darle y los labios se le estaban secando, su propia voz le sonaba ronca y un vacío que sacudía el cuerpo estaba creciendo en su abultado estómago lleno de lombrices y picadas de insectos. Caminó y caminó hasta extenuarse. Y entonces vio aquella puerta abierta, donde, una vez dentro, un señor lo pescó con un enorme pedazo de pan, como jamás había tenido en sus manos llenas de cicatrices.
Había en esa casa objetos muy valiosos. En un cenicero sobre la mesa de vidrio estaba todavía el precio. No se le ocurrió pensar que ese adefesio, al que no se daba utilidad alguna, costaba más que su propia vida de mendigo y delincuente. De todas formas no había entrado allí para robar, le dijo al hombre que, correa en mano, hacía sangrar heridas más antiguas. Era hambre lo que tenía.
Cuando se cansó de pegar, aquel hombre no sabía ya si aquella masa humana que gritaba lo hacía por la caída del látigo sobre su espalda o por el fuego que le cocía el estómago.
Un rato después estaba de manos de un policía que lo llevaba a un lugar desconocido del que sólo sabía por las horribles historias de sus amiguitos, tan mugrosos y sedientos como él. Pero lo peor era que no le habían permitido aplacar el hambre. Lleno de ira, el hombre aquel le había arrebatado el pedazo de pan y lo había echado al zafacón.
A pesar de todo, sentía una agradable sensación en aquella mano áspera y húmeda que lo empujaba. En una esquina, el agente se detuvo, volvió la mirada y le soltó. .Corre., le dijo. «¿Dónde», le respondió el niño sin comprender. «!Donde no te peguen», respondió el policía. «¿Dónde no le pegan a los niños como yo?», replicó.
Poco más allá, en la esquina, la gente salía y entraba a los comercios repletos de regalos y golosinas porque era víspera de la Navidad. La festividad no tenía significado para él. No la había tenido nunca.
Una vez, dos años atrás, le sobraron los centavos de una jornada entera lustrando zapatos. Fue a una pulpería y compró un sobre y un pedazo de papel. Con un lápiz prestado escribió en rústicos caracteres lo que había ambicionado como nada: «Yo quiero que los reyes me pongan…», Pero los reyes nunca le pusieron nada.
Apenas sabía leer y escribir. Con todo, era su única posesión. Le había enseñado el cura de la iglesita con una tiza, una pizarra vieja y una regla, con la que solía pegarle en la cabeza para obligarle a concentrarse.
Pero hasta eso con el tiempo había ido perdiendo. No recordaba ya muy bien el alfabeto. Otras cosas importantes había perdido, como los zapatos a orillas del charco, el padre ebrio que siempre le pegaba, el hermanito que sudaba y sudaba en el catre mientras él veía cómo se le aventaba y bajaba el estómago sin cesar y su madre lloraba sobre el piso de lodo.
La inocencia era quizás lo que no había terminado de perder. Por eso, cuando su amigo el policía le dejó ir en vez de llevarle a la cárcel para niños, tomó otro lápiz prestado y sobre un sucio pedazo de papel amarillo garrapeteó: «Yo quiero que los reyes me pongan…»
Una suave brisa meció los árboles y encendió su pequeño rostro por el sufrimiento apagado. Una señora pasó y puso en sus manos una moneda de 25 centavos. Compraré una manzana, se dijo. Y por primera vez el espíritu de la Navidad latió en él.
(Extraído de «El mundo que quedó atrás.»)
