Este lunes, en el grupo de WhatsApp de residentes en mi edificio solo hablábamos del delincuente que entró a la torre. Pasadas las doce de la madrugada, un hombre con aspecto de indigente accedió a la propiedad, recorrió varios pisos, intentó asaltar uno de los apartamentos y robó en otro.
Las cámaras de un vecino lo captaron tratando de forzar una de las puertas. El sujeto llevaba un cuchillo que abandonó en el inmueble que pudo violentar.
Ahora bien, el hecho sería solo la anécdota de una residencia si no hubiera tras este evento una serie de señales que tienen que ver con todos los hogares de la ciudad. Me refiero, específicamente, a la cuestión de la seguridad y la convivencia en los bloques de apartamentos.
Cualquier día estamos en nuestras casas, compartiendo en familia o descansamos, y llega un desaprensivo con capacidad de hacernos cualquier tipo de daño. Ahí es donde se vuelve imprescindible contar con un portón eléctrico para el paso de vehículos, puertas que se abran solo con sensores electrónicos, cámaras y vigilancia nocturna.
Esa es la recomendación básica, sobre todo si consideramos que, de un tiempo para acá, el asalto en las torres se ha vuelto recurrente. Sin embargo, todas estas herramientas están disponibles en la torre en que vivo, desde los dientes de tiburón en los muros hasta el requisito de tokens de seguridad para abrir cualquier puerta.
Y, a pesar de esto, el merodeador penetró en la torre sin que hubiera nada que se lo impidiera.
Ahí es donde entra el factor humano. Como en muchas edificaciones, nosotros aportamos una cuota para cubrir un personal en las noches. Esta persona asegura que estuvo atenta en múltiples ocasiones, no obstante, en ningún momento las capturas de video lo registran echando un vistazo fuera del lugar en el que descansa.
Y de ningún modo trato de decir que si él hubiera vigilado este ladrón se hubiera abstenido de entrar. La torre que fue asaltada en febrero de 2024 contaba con seguridad, y los vándalos optaron por amarrarle para realizar sus fechorías. A lo que voy es a que, ocurrió un evento en el que todas las unidades del edificio estuvimos expuestas a cualquier peligro y solo por una casualidad no sucedió nada que pudiera lamentarse.
Tras revisar las cámaras de seguridad, se pudo detectar que el ladrón saltó una pared, se sujetó a los hierros de una ventana y aprovechó que otra estaba abierta para ingresar. Luego, simplemente empezó a recorrer las estancias en busca de qué acarrear. Y considerando la facilidad con la que se desenvolvió, tengo la certeza de que regresará si no extremamos las medidas de seguridad.
Ya en la junta directiva decidimos cotizar tres cámaras adicionales de seguridad, sirenas que se activan cuando alguna de las puertas de acceso a la torre queda abierta y un ponchador que el conserje debe accionar cada hora, con el fin de mantenerse atento durante el turno nocturno. Lo llamativo es que estas mejoras serán presentadas mañana miércoles en asamblea y, de no aprobarse una cuota extraordinaria, las brechas de seguridad se mantendrán. En otras palabras, la seguridad de mi apartamento depende de que los vecinos logremos algún nivel de acuerdo.
La convivencia en los condominios es compleja. Si no es un vecino que decide hacer obras de construcción sin encomendarse ni a Dios ni al diablo, es alguien que entiende que puede instalar un negocio en una residencia. Es decir, siempre suceden eventualidades que podrían evitarse con un par de medidas de acuerdo, pero, como me dijo alguien hace muy poco: al menos en mi condominio tenemos unas normas consensuadas por todos los residentes.
Además de las reglas internas, para regular parte de la convivencia está la ley de condominios, que este año cumple 68 años desde su promulgación. La cuestión es que este marco deja demasiados cabos sueltos a la interpretación y a la buena voluntad de los residentes. La ley norma temas como reformas, seguridad y algunos aspectos de los espacios compartidos, Pero, ¿qué hace uno cuando descubre que la comunidad está amenazada de alguna manera y no se pueden adoptar decisiones sin la unanimidad o mayoría absoluta de los propietarios?
Es cierto que cada persona tiene la responsabilidad de adoptar las medidas de protección que precise. Sin embargo, el día en que hacemos un préstamo para adquirir un inmueble no estamos firmando el contrato de participación en una trama de la película La purga. Por el contrario, aspiramos a vivir con nuestros seres queridos en un espacio seguro, que garantice unos mínimos de comodidad.
Si este artículo contara la historia truculenta de una muerte, llamaría bastante la atención. Pero, felizmente, lo que tuvimos fue un susto tremendo, con una advertencia escandalosa que aplica al edificio en el que vivo y a las residencias de todas las personas.
