Es malo no hacer el bien

El papa Francisco ha enriquecido la Enseñanza Social de la Iglesia. En la misa del pasado Domingo de la Misericordia pidió a los fieles no vivir “una fe a medias” y ayudar a los demás, pues asistir y compartir “no es comunismo, es cristianismo en estado puro”. Allí nos invitó a pensar si realmente nos inclinamos ante las heridas de los demás, ante los problemas del prójimo.
“No permanezcamos indiferentes. No vivamos una fe a medias, que recibe pero no da…, porque si el amor termina en nosotros mismos, la fe se seca en un intimismo estéril. Sin los otros se vuelve desencarnada. Sin las obras de misericordia muere”, sentenció Su Santidad. Hace años también expresó que la indiferencia era el mayor pecado contra los pobres y que para los cristianos era un “deber evangélico” cuidar de ellos.

Por ello el verdadero cristiano (al igual que el verdadero humanista o político, por ejemplo) tiene el compromiso de servirle a los más necesitados. Si no lo hace, todo lo que diga será hueco, teoría barata, hipocresía. Trabajar para disminuir la pobreza es asunto de hacer. Y, dentro de nuestras posibilidades, iniciemos en nuestro entorno, dando nuestra mano solidaria al que más lo
requiera.

No gastemos en una cena miles de pesos para al día siguiente negarle 100 pesos a la que nos cocina, que les hacen falta para comprarle medicinas a su hijo enfermo; preocupémonos por el que cuida nuestra familia, por la que lava y plancha nuestra ropa. Prediquemos con los hechos, lo demás son palabras.

¡Qué agradable y refrescante es tener como misión “hacer el bien”! Incluso, esto tiene una apreciable dosis de “sano egoísmo” pues nos sentimos más satisfechos que la persona beneficiada por nuestra acción, resaltando que el bien debe hacerse en silencio.

“Hacer el bien” significa mantenernos activos, en movimiento, procurando determinar lo correcto, aunque nos equivoquemos, que los humanos no tenemos vocación de estatuas, de fósiles. En el béisbol el buen campocorto no es el que se mantiene quieto para no cometer errores, sino el que cubre mucho espacio y se arriesga para atrapar la pelota. Así las cosas, en ocasiones debemos lanzarnos para “hacer el bien” o al menos intentarlo con decisión y esperanza.

Es penoso no ser recordados por nuestras obras, sea nuestra cotidianidad sencilla o deslumbrante; el bien no tiene tamaño, su valor se relaciona con lo que podemos y debemos hacer. Y para “hacer el bien” debemos entrar en el juego y no observarlo desde las gradas. Finalizo con una frase del papa Francisco, citando al jesuita chileno San Alberto Hurtado: “Es bueno no hacer el mal, pero es malo no hacer el bien”.

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