Hay noches en las que me descubro repasando lo que dije en un pitch, preguntándome cuánto fue visión real y cuánto mero adorno. Tras repasar el caso de Elizabeth Holmes, a raíz del documental “You can see everything” salí del cine con la duda aumentada; porque entiendo lo delgada que es la frontera entre el optimismo necesario y la exageración deliberada.
Fundar una empresa siendo mujer conlleva una carga particular, porque se nos exige ser carismáticas pero sin bordear la arrogancia; ambiciosas pero cercanas; auténticas, aunque totalmente impecables al vender. En medio de ese equilibrio tan frágil, la tentación de disfrazar las cifras, prometer plazos imposibles o soltar un “ya casi está” cuando todavía falta un abismo, no aparece como una mentira fría, sino como pura supervivencia. Nadie cruza la raya de un solo salto; se avanza de a milímetros, justificando cada paso con el mismo pretexto: “Es solo por esta vez”.
Mis miedos son muy precisos; me aterra quedarme sin flujo de caja antes de alcanzar el próximo hito. Me da pavor fallarle a la gente que puso su fe en esto: a los primeros clientes y a mi socio que cree en nosotros, a pesar de los inconvenientes y de que no esté todo tan claro. Pero, sobre todo, me asusta despertar una mañana y no reconocer a la persona que habla en las reuniones.
Para no perder el rumbo, mantengo unas reglas sencillas pero firmes. Primero, jamás afirmo algo que no pueda respaldar con datos; si es una proyección, la llamo por su nombre. Segundo, mantengo el mismo discurso ante mis inversionistas y ante prospectos, Tercero, ningún hito justifica traicionar la confianza de quienes usan lo que desarrollamos. Y cuarto, prefiero pedir ayuda a tiempo antes que disimular hasta que todo estalle.
Tengo un compromiso enorme con lo que estamos creando. Mi socio es una de mis inspiración es, ambos queremos que QCobro se consolide como la solución definitiva para quienes sufren persiguiendo pagos pendientes. Y que la plataforma sobre menopausia transforme la vida de millones de mujeres que han vivido esta etapa en soledad, silenciadas por una industria que las ignoró durante años. Para mí, estos proyectos son deudas históricas que urgía resolver.
Justo porque deseo ver prosperar estos proyectos, me mantengo bajo constante exigencia. El colapso de Theranos no solo afectó a un grupo de inversionistas, sino que empañó la reputación de las fundadoras que vinimos después, sumándonos un sesgo de desconfianza extra.
No acepto que el éxito exija renunciar a la integridad. La trayectoria que me interesa construir es la de una empresa que escala con verdad: con datos transparentes, límites firmes y la agallas de decir «todavía no» cuando el entorno presiona por un «sí». Tal vez sea un camino más lento y menos vistoso, pero es el único donde puedo mirar mis estados financieros y mis decisiones sin tener nada que esconder.
