Admisiones de culpa de tiranía castrista

Al fin, después de casi siete décadas, el régimen cubano admite que ha estado equivocado. La dinastía Castro le ha dicho al pueblo que “igualitarismo” y “paternalismo”, conceptos sobre los cuales se cimentó la revolución, son inconvenientes al comunismo y que en lo adelante se les pagará a los trabajadores por lo que producen.

En el más fiel estilo del capitalismo de los terribles años veinte, que la iglesia y el régimen han calificado de “salvaje”, el ministerio del Trabajo de Cuba, admitió finalmente a los trabajadores, ante su fracaso evidente, que “si es dañino darle menos de lo que les toca, es dañino también darle lo que no les toca”. Una sentencia irrefutable en el más elemental razonamiento económico, que los líderes de la revolución tardaron más de sesenta años en reconocer.

El anuncio fue recibido en la comunidad internacional como una débil señal de cambio de rumbo. Señal inequívoca de la tragedia que ha vivido ese país. Cambio que apenas les ha concedido a los cubanos el derecho a un celular y a una computadora, con la salvedad, por supuesto, de que el gobierno se reserva la potestad de conceder el acceso a la Internet.

De hecho, la revolución degeneró muy pronto en una tiranía, en donde un poema, una novela o un artículo crítico, resultan todavía amenazas a la seguridad del Estado. En el sentido estricto de la palabra, lo que allí reina es una monarquía hereditaria. Tras 67 años de ejercicio absoluto del poder, el régimen debilitado por la edad y los quebrantos de salud primero y de la economía siempre, le cedió primero el mando a un hermano, sin necesidad ni molestarse de consultar a nadie, ni siquiera al aparato partidario. Una herencia improductiva desde hace años en manos de un hijo obediente de la tiranía.

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