Pensando en voz alta

Pretender que un gobierno pueda hacerlo todo bien o por el contrario todo mal no me parece racional. Una administración puede tener muchos aciertos como también muchos errores. El balance sobre su desempeño depende del nivel en que se la juzgue. La pérdida de aceptación puede ser por defectos en la comunicación o por efecto de sus malas acciones.

Una buena comunicación necesariamente no surge ni se la mide en función de su volumen. La saturación puede tener un efecto contrario al que se persigue. Lo que vale e importa es la calidad, como en cualquiera otra actividad humana. Por lo regular el cúmulo excesivo de información impide una buena recepción de los mensajes. La gente tiende también a sospechar de todo aquello que se le repite de manera brutal, cuando los beneficios que se promocionan no llegan con la rapidez y en la medida en que se anuncian. Esa ha sido la experiencia de las últimas décadas.

Ese es el error en que siempre, gobierno tras gobierno, incurre la propaganda oficial. Despierta expectativas que la acción del gobierno no puede llenar, aunque quisiera, en forma total o permanente.

No se trata si por décadas ha sido buena o mala la comunicación oficial. Es que se parece a aquel señor obeso que quiso con el ejercicio perder en una semana las libras conseguidas en años de malos hábitos alimenticios. La tradición ha sido tratar de atribuir propiedades que la oferta gubernamental no posee en su totalidad. Y la gente termina descubriéndolo.

Los programas sociales han sido de gran contenido. Pero debido a las limitaciones propias de la economía no alcanzan a todo aquel que lo necesita. Cuando se abusa de su promoción, estos últimos se sienten discriminados y terminan juzgando mal a la administración. Los orificios en las redes de comunicación oficial suelen ser similares a los del tendido eléctrico, por donde se pierde una enorme cantidad de la energía servida.

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