Janet Camilo
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En su concepción extensa (societal o integral), no minimalista, la democracia tiene que ver con la defensa del Estado de derecho, la división efectiva de poderes, el voto universal, la celebración de comicios periódicos, la competencia efectiva entre partidos políticos; con la defensa institucional de los derechos humanos; con la libertad de expresión, opinión, pensamiento, conciencia, religión, asociación y reuniones pacíficas; con el derecho a la libertad de investigar y de recibir y difundir informaciones e ideas por cualquier medio de expresión.
Tiene que ver también con la participación política (no sólo electoral) activa de la ciudadanía y con la transparencia de la gestión pública; además, tiene que ver con el respeto a las diferencias étnicas, religiosas, de género, de orientación sexual e ideológicas; sin pasar por alto que la democracia, en total sentido, tiene que ver con el acceso a niveles mínimos de bienestar socioeconómico, pues los valores de igualdad, libertad y justicia no se remiten sólo al ámbito político.
De ahí que no es un sistema estático, sino un ejercicio diario lleno de desafíos. En un contexto global donde la insatisfacción con el funcionamiento de los gobiernos roza el 64%, su viabilidad exige respuestas concretas frente a la desigualdad, la desinformación y la necesidad de una participación ciudadana más activa.
Esta semana el PNUD presentó en Santo Domingo su informe sobre democracia y desarrollo en América Latina y el Caribe. República Dominicana sale bien parada: avances en democracia electoral, reducción de pobreza, estabilidad institucional. Todo correcto.
Pero hay una línea casi al final del documento que me interesa más que los elogios. El informe señala, sin adornos, que la participación política de las mujeres sigue siendo una asignatura pendiente para el país.
Pendiente en pleno 2026
En las elecciones de 2024 alcanzamos la representación legislativa femenina más alta de nuestra historia: 74 mujeres de 247 congresistas. El titular suena bien hasta que lees el detalle: en la Cámara de Diputados 70 diputadas, en el Senado hay cuatro senadoras. Las mismas cuatro que había en 2020, el 12.5% de la cámara alta, congelado, mientras nos aplaudíamos por el récord.
Mientras que en el nivel municipal solo 17 mujeres resultaron electas en las alcaldías, lo que representa un 10.76% de los 158 municipios que hay en el país. En el nivel de distritos municipales resultaron electas 23 mujeres como directoras, representando el 9.79 % del total a nivel nacional, frente a 212 hombres electos como directores.
El mismo informe del PNUD trae otro dato que no he visto circular mucho: el 41% de la población dominicana considera que los hombres son mejores líderes políticos que las mujeres. No estamos hablando de los partidos, que ya sabemos cómo se comportan. Estamos hablando de la gente. De la cultura. Del país que somos todavía.
Las mujeres dominicanas somos más del 50% del padrón electoral. En mayo de 2024, caracterizadas por una elevada abstención, el ausentismo en el sexo masculino fue mayor que en el femenino. Del total de votantes que acudió a las urnas, el 52.1% fue de mujeres y el 47.9% hombres.
Conforme al padrón de concurrentes elaborado por la Junta Central Electoral (JCE), hubo 182 mil 61 votos de mujeres más que de los hombres, en el nivel presidencial. Decidimos quién gobierna. Y seguimos siendo minoría entre quienes gobiernan. Eso no es un accidente, es una arquitectura, es estructural.
Los partidos nos ponen en las circunscripciones donde es más difícil ganar. Nos piden cumplir con estándares que no le exigen a ningún hombre. Nos niegan el financiamiento que sí fluye hacia los candidatos. Y cuando señalamos todo eso, nos dicen que hay que ganarse el espacio.
Como si el espacio no estuviera ya ganado
República Dominicana tiene argumentos para pararse ante la región con la cabeza en alto. Bien. Párense también ante el espejo. Una democracia que le dice a la mitad de su población que puede votar, pero no gobernar, no es una democracia completa.
Es una democracia de domingo.
