La peor partida teórica-analística para definir a un outsider es sustentar que hay un canon sociopolítico -o momentos históricos- que lo encasilla o especifica: venir de afuera como término semántico o contextualizar obviando que más que el significado semántico valen más dos condicionantes: a) la coyuntura sociopolítica adecuada u oportuna; y b) la proyección y determinación de la figura de que se trate.
Vayamos por partes. Un outsider bien puede surgir de un partido tradicional que, en algún momento, entienda que tal actor-miembro-aspirante ya no encaja en su línea política o puede surgir desde afuera con un discurso anti-partido o anti-sistema. Lo que importa es que sea disruptivo efectivo política y electoralmente. ¿Qué quiere decir esto último? Sencillo: que se monte en una ola de descrédito de los partidos tradicionales combinado con hartazgo ciudadano por promesas incumplidas y corrupción.
Sin esas dos condiciones sine qua non no hay posibilidad de éxito político-electoral de un outsider cualquiera, pues estaría operando o aspirando en el marco de una narrativa que no la marca él sino el sistema de partido tradicional y sus líderes o cúpulas; y mientras esa narrativa no entre en crisis de credibilidad pública, como sucede hoy en nuestro país, ese nuevo actor político va a sucumbir al fragor de una dinámica electoral que todavía responde al viejo discurso político.
Y ya hay tres variables que anuncian que el sistema está colapsando en el país: 1) crisis de democracia interna en esos “aparatos”; 2) alta abstención electoral; y 3) descrédito ciudadano sobre política y políticos. Y ese trabajo en contra de los partidos tiene dos causales: la que las cúpulas de los propios partidos fomentaron en el poder y la que una supra-agenda transnacional financió, vía actores nacionales -periodistas y Ongs, y más- y el hecho de la irrupción de empresarios u oligarquías, ya directa (el actual presidente) o a través de terceros en la política.
De modo, que se parte de premisas falsas al querer establecer un canon al fenómeno o creer-confundir el éxito o fracaso sin antes evaluar el contexto en que el fenómeno se quiso hacer realidad -un ejemplo: el padre Toño-. Ahora es contrario: están dadas las condiciones y hay un actor -que la propia opinión pública y los actores políticos lo reconocen- que está haciendo girar la narrativa política-electoral (y que sí puede traducirse en votos) y encima tiene resonancia inaudita a través del uso efectivo de las redes sociales y plataformas digitales que es por donde la gente se “informa” y entretiene al margen de los otrora canales de audiencia -peridico fisico, tv o radio analogo-. Y eso ya marca un antes y un después, independientemente de que el fenómeno tenga éxito o no. Lo concreto o real es que ha puesto en jaque y atención a una narrativa política-electoral tradicional atrapada en el viejo discurso político -el de unas siglas-; y peor, con actores ya harto conocidos por su paso por el poder y la presunción, cierta o no, de ligazón o evasión-postura sobre corrupción pública-privada asociada a una visión-convicción ciudadana que responsabiliza a la actual clase política de pobreza, mala educación y sistema de justicia corrompido que solo castiga al que no tiene nombre, abolengo o colindancia política-empresarial.
De modo que, el outsider, en el poder, no es, necesariamente, un anti-sistema o anti-partido sino uno que desde dentro o fuera de los partidos tradicionales, primero anuncia y luego, ya en el poder, cambia o revierte ese poder y su ejercicio. Ya si fracasa o no, eso es otra cosa.
Por lo tanto, no basta con descalificar por su pasado, origen, escasez o ausencia de formación, estilo-vocabulario. En cambio esa es promoción gratis; y lo que es peor, ponerlo en el centro del debate político-electoral nacional.
