El poeta dominicano Manuel del Cabral advirtió que en esta isla hasta la tarde llega tarde. No era un verso, ni una queja sobre el sol que a veces se hace inclemente, sino una sentencia sobre nuestra ontología: el dominicano habita una dimensión donde el tiempo no es una línea recta, sino un círculo de postergaciones.
Hemos construido una sociedad de la espera, donde lo complejo no se resuelve, se archiva; y donde el olvido no es una falla de la memoria, sino una estrategia de complicidades.
En la República Dominicana, la espera es el bálsamo de los culpables. Lo vemos con frecuencia en nuestros tribunales: procesos que nacen bajo el estruendo de los titulares y mueren en el silencio de los expedientes “complejos”. Esa complejidad jurídica es, a menudo, un eufemismo que crece mientras la ira se diluye, el testigo se cansa y el delito se desvanece en la bruma de la cotidianidad. De ese modo, la espera no es un trámite, es un pacto tácito de impunidad. Se espera porque conviene, porque en el compás de espera la mediocridad encuentra el refugio perfecto para no tener que señalar al culpable oportuno.
Hemos perfeccionado el acto de esperar. Desde la “España Boba”, la inanición de los criollos marcó nuestra génesis; aprendimos a existir mientras rezábamos para no caer en el olvido de la metrópolis. Desde entonces, el dominicano desarrolló una resiliencia pasiva: aprendimos a sobrevivir en el “mientras tanto”, convencidos de que las soluciones siempre vendrían en una fecha sin calendarios.
La sociedad bosteza y necesita matar el tedio. Para eso nos inventamos las estrellas del morbo. En la ausencia de referentes éticos y de sanciones ejemplares, el escenario es asaltado por héroes de un espectáculo triste. Son personajes que denuncian sin pruebas, empujan los límites de la decencia desde cualquier micrófono y convierten la miseria humana en contenido viral. Los aplaudimos no porque tengan razón, sino porque rompen el silencio de nuestra espera con un ruido estrepitoso.
Esperamos por los desaparecidos; esperamos por códigos y leyes que renieguen la socarrona procrastinación legislativa, mientras aguardamos desde nuestra butaca la versión criolla del drama de Samuel Beckett, “Esperando a Godot”: una obra absurda donde las leyes fundamentales nunca llegan. En esa espera eterna, la sociedad se acostumbra a vivir en el vacío legal, donde todo se discute pero nada se legisla.
Esperamos que los partidos políticos cumplan una ley que ellos mismos redactaron; esperamos hasta por el resultado de un juego de béisbol, donde un tribunal deportivo debe aguardar a que su medida sea aceptada.
Un anciano ciego nos reveló la mística del “saber esperar”. En esa breve fórmula cifró su éxito y, a juzgar por el presente, parece haber tenido razón al diseñar nuestra realidad desde las líneas de su biografía. Para quien gobernó los hilos de nuestra psicología colectiva durante décadas, la paciencia era una virtud suprema. Pero esa paciencia no era sabiduría, era una forma de domesticación.
Jean-Paul Sartre, desde su existencialismo radical, planteaba que no hay un destino prescrito: la existencia precede a la esencia. La nuestra es esperar, mientras la cita del autor francés nos resulta vigente, cruel y cierta: “espera o desespera, no pasará nada”.
