Lo que aprendí de Edgar Morin

La pasada semana falleció Edgar Morin, último sobreviviente de la generación de pensadores franceses que, junto a Jean-Paul Sartre y Albert Camus, moldeó buena parte del debate intelectual de la posguerra. Con su partida desaparece el último vínculo vivo con un período supremamente fecundo para las ideas, aunque su legado permanece tan vigente como necesario.

Si tuviera que resumir en una sola idea lo que aprendí de Morin, diría que los problemas más importantes de una sociedad rara vez admiten respuestas simples.

Puede parecer una observación evidente. Sin embargo, vivimos en una época que parece cada vez más inclinada a pensar exactamente lo contrario.

Las redes sociales, buena parte del debate público y, en ocasiones, hasta la conversación cotidiana, favorecen explicaciones rápidas, posturas absolutas y narrativas que reducen fenómenos complejos a una sola causa, un único culpable o una solución aparentemente definitiva.

Cuando la realidad comienza a interpretarse a través de simplificaciones constantes, el debate de las ideas se deteriora. Las diferencias dejan de verse como una oportunidad para enriquecer el análisis y pasan a considerarse una amenaza. La discrepancia deja de ser una herramienta para comprender mejor los problemas y se convierte en una razón para desacreditar a quien piensa distinto.

Consecuentemente, el adversario deja de ser alguien con quien se puede construir una solución y pasa a convertirse en alguien a quien hay que derrotar. La mutación a enemigo suele ser apenas cuestión de tiempo.

Es precisamente en ese terreno donde florece el fanatismo. No necesariamente como resultado de una ideología específica, sino como consecuencia de una forma de pensar que rechaza la complejidad. Una mentalidad que divide el mundo entre quienes tienen razón y quienes están equivocados; entre los que representan el bien y quienes encarnan el mal; entre soluciones perfectas y errores absolutos. El fanatismo prospera allí, justo donde desaparecen los matices.

La historia demuestra, sin embargo, que las sociedades que más han avanzado son aquellas capaces de integrar visiones distintas alrededor de objetivos comunes. Los grandes procesos de desarrollo económico, fortalecimiento institucional y consolidación democrática rara vez han surgido de la imposición de una única visión del mundo. Más bien han sido el resultado de la concertación, la negociación y la capacidad de hilvanar puntos de encuentro entre intereses diferentes.

No es necesario concordar en todo, pero constituye una forma de mezquindad intelectual convertir el disenso en un obstáculo para reconocer las coincidencias. La verdad rara vez habita un solo territorio. Con frecuencia, distintas perspectivas contienen fragmentos valiosos de comprensión que solo pueden apreciarse cuando existe ánimo contemporizador.

El planteamiento del longevo pensador partía de una premisa fundamental: la realidad está compuesta por múltiples factores interdependientes. Cuando intentamos reducirla a explicaciones únicas, no solo empobrecemos nuestra comprensión de los problemas, sino también nuestra capacidad para transformarlos.

Tal vez por eso, en Despertemos, una de sus últimas obras, alertó sobre una “policrisis” y el paso galopante de la humanidad hacia un gran punto de inflexión, en donde convergen desafíos ambientales, económicos, democráticos y sociales que se alimentan mutuamente. Su advertencia fue clara: los problemas del siglo XXI no pueden comprenderse desde visiones fragmentadas ni resolverse mediante recetas simplistas.

Aprendí también que la fortaleza de una sociedad no se mide por la intensidad de sus convicciones, sino por su capacidad para someterlas al debate y a la búsqueda de consensos.

Después de todo, los pueblos progresan cuando aprenden a pensar juntos. Cuando reconocen que nadie posee toda la verdad y que las mejores respuestas suelen surgir allí donde diferentes visiones son capaces de encontrarse.

Quizás el mensaje más urgente que nos lega Morin se resume en que la complejidad no es un problema que deba eliminarse, sino una realidad que debe asimilarse. Cuando una sociedad renuncia a comprender, termina refugiándose en la comodidad de los dogmas y con ello se abren las puertas del fanatismo.

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