Rafael Méndez Tejeda, PhD.
Universidad de Puerto Rico en Carolina
Laboratorio de Investigación en Ciencias Atmosféricas
Miembro del Comité de Asesores y Expertos en Cambio Climático (CEACC)
del gobierno de Puerto Rico.
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El pronóstico de un evento de El Niño como “súper Niño” requiere cautela metodológica, respaldo observacional y datos científico-consistentes. Aunque los indicadores oceánicos y atmosféricos actuales evidencian el desarrollo de condiciones asociadas a El Niño, y algunos modelos climáticos sugieren una posible intensificación hacia finales de año, todavía no existe una base de datos suficientemente robusta para afirmar que el fenómeno alcanzará una magnitud extraordinaria, la que no ha alcanzado desde 1870. Las proyecciones del El Niño-Oscilación del Sur (ENSO por sus siglas en inglés).
El ENSO tiene dos fases, una fase fría denominada La Niña, que ocurre cuando presenta temperaturas por debajo de lo normal en el océano pacífico y una fase cálida, llamada El Niño que se presenta cuando ocurre lo contrario. Por lo que, el ENSO es de naturaleza probabilística y depende de la persistencia del calentamiento en el Pacífico ecuatorial, la respuesta de la atmósfera, la evolución de los vientos alisios, el contenido de calor subsuperficial y el grado de acoplamiento océano-atmósfera. Dado que, estos factores pueden variar en los próximos meses, lo científicamente prudente es reconocer la posibilidad de un evento fuerte o muy fuerte, sin anticipar de manera categórica la ocurrencia de un “super Niño”.
La cautela científica es importante porque El Niño es uno de los principales moduladores de la variabilidad climática global. En el Atlántico, El Niño suele aumentar la cizalladura vertical del viento y limitar el desarrollo de ciclones tropicales, mientras que La Niña tiende a favorecer condiciones más propicias para la formación e intensificación de huracanes. Sin embargo, ENSO es un fenómeno interanual: se desarrolla, alcanza un máximo y luego se debilita. Su evolución no puede separarse de otros procesos oceánicos de mayor escala y duración.
Mientras eso ocurre en el Pacifico, el Océano Atlántico presenta un proceso diferente que se ha denominado la “mancha fría” del Atlántico Norte. En un planeta que se calienta, existe una región al sureste de Groenlandia, entre Islandia y el Atlántico subpolar, que parece ir contra la tendencia general. Durante los últimos 150 años, esa zona oceánica se ha enfriado cerca de 1.2°C. Esta anomalía no contradice el calentamiento global; por el contrario, puede ser una de sus señales más inquietantes, ya que es los últimos años su enfriamiento ha sido consistente.
Las investigaciones científicas más recientes apuntan al posible debilitamiento de la Circulación Meridional de Retorno del Atlántico (AMOC, por sus siglas en inglés). Esta gran cinta transportadora oceánica lleva aguas cálidas desde los trópicos hacia el Atlántico Norte y devuelve aguas frías y densas hacia el sur en profundidad. Al hacerlo, regula parte del clima de Europa, del Atlántico tropical, lo que representa un gran peligro para el Caribe.
Si la AMOC se debilita, transporta menos calor hacia el norte. Esto puede favorecer un enfriamiento relativo al sur de Groenlandia, aun cuando el resto del océano continúe acumulando calor. El deshielo de Groenlandia también añade agua dulce al Atlántico Norte, reduce la salinidad superficial y disminuye la densidad del agua. Cuando el agua es menos densa, se hunde con mayor dificultad, lo que puede afectar la formación de aguas profundas y alterar la circulación oceánica.
Para el Caribe y la cuenca del Atlántico, estos cambios no son menores. Una AMOC debilitada podría modificar la temperatura superficial del mar, la distribución del calor oceánico, la humedad disponible, los patrones de lluvia, la frecuencia de sequías, la estabilidad atmosférica y las condiciones que influyen en la actividad ciclónica y en el aumento del nivel del mar. A diferencia del ENSO, que fluctúa de un año a otro, la AMOC constituye un componente estructural del sistema climático, con efectos potencialmente más persistentes y de mayor alcance. Aunque la película El día después de mañana llevó este tema a la pantalla de Hollywood desde la ficción cinematográfica, la preocupación científica actual no se basa en escenarios extremos de cine, sino en señales observadas y estudiadas sobre posibles alteraciones en la circulación del Atlántico Norte.
Que exista una región fría en medio de un mundo que se calienta no es una contradicción, sino una advertencia sobre la complejidad del sistema climático. El calentamiento global no se muestra de la misma manera en todas las regiones: produce contrastes, redistribuye energía y puede alterar piezas clave de la circulación oceánica. Por eso, mientras la atención se concentra en la posible intensificación de El Niño, no debe perderse de vista una señal más profunda en el Atlántico Norte: la “mancha fría” y su posible relación con una AMOC debilitada.
