No todo es dinero

Aunque resulte una frase cliché, el dinero no lo es todo y más que un fin, es un medio para obtener lo que se necesita para vivir de manera satisfactoria. Si bien los ingresos económicos son la razón para levantarse e ir a trabajar con el empeño que ameritan estos tiempos, es peligroso caer en la tentación de pensar que la existencia se agota en esa búsqueda frenética de mejoría y perderse los detalles que hacen el camino placentero, único y especial.

En efecto, es justo reconocer que la riqueza no da el honor, que el poder adquisitivo no ofrece la distinción o el respeto social y que la consideración de los demás no está atada a un monto determinado. A lo mejor, son muchos los que pueden tenerlo todo, salvo el aprecio de su entorno; que pueden exhibir lujos, pero no estima, que pudieran ocupar los primeros asientos por su alcurnia, sus apellidos altisonantes o el abolengo de sus antepasados, sin embargo, no inspiran admiración ni brillan con luz propia. Talvez cultiven compañeros en los medios en que se desenvuelven, pero no amistades porque se dedican a perseguir objetivos, nunca sueños.

En la cúspide de la opulencia que se ha limitado al caudal patrimonial, se encuentran rodeados de un entorno familiar que ocupa un espacio común con sus planes particulares, pero no transmiten el calor humano de un hogar. Tienen la posibilidad de conseguir lo que les plazca, sin la satisfacción de con quien compartirlo de manera desinteresada porque los sentimientos tienen precio, el alcance del cariño se mide por el balance de una cuenta bancaria y el apoyo tiene fecha de caducidad hasta tanto permanezca el caudal.

Y así, se les va la vida entre eventos, recepciones, viajes y compras, tan sutil y rápido como mariposa, con mucha forma y poco fondo, sin que puedan ser recordados por su impronta o por alguna labor significativa en su estadía por el mundo que trascienda su paso terrenal. Sin estridencias, en el aislamiento del egoísmo de sus propias satisfacciones su epitafio resulta breve y poco convincente.
Mientras, se entona y adquiere mayor significado lo que expresaba Pablo Milanés en su canción: “La vida no vale nada, si no es para perecer porque otros puedan tener lo que uno disfruta y ama. La vida no vale nada, si yo me quedo sentado después que he visto y soñado que, en todas partes, me llaman”.

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