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Ante otro macabro episodio de violencia de género, se pregunta el motivo y la respuesta surge observando en un área infantil un tren para los niños y una estufita para las niñas. El mensaje es evidente: el varón atiende los rieles y la hembra, a los quehaceres; ni más ni menos. Y es que, desde bebés, se les asigna el lugar al muchacho fortachón e intrépido y a la hembra sumisa y servicial. Él lleva el dinero a la casa para la comida que ella cocina y usa los platos que luego ella debe fregar.

Desde temprano se deciden los papeles, que si la chica en rosa, prudente, cariñosa y atenta, que si el chico en azul, enamoradizo, temerario e independiente. Ella debe ser responsable y aguantarlo todo, él un conquistador al que se le perdone cada vez; el problema es cuando ese estereotipo cambia. Lejos de aprobar esa absurda ideología de género que pretende ir contra la naturaleza o aun peor, que elijan (o hacerlo por ellos) quienes no tienen la madurez (ni capacidad jurídica, dirían los abogados), los esquemas de crianza imponen un inexplicable lema retrógrada que debiera estar extinguido de que los hombres son de la calle y las mujeres de la casa. No se trata de intercambiar los roles o se pierda la esencia femenina, pero, mientras persistan patrones antiguos, no hay esperanza de que el círculo vicioso de violencia desaparezca.

Conspiran en la causa la publicidad en que la mujer prepara los alimentos y el marido espera que se los sirvan. Igual, esa música transmisora de un mensaje nada subliminal que va taladrando con frases denigrantes las mentes atrofiadas, convirtiendo el maltrato en normal; porque, si el artista lo dice en televisión y se lo aplauden, es porque debe estar bien. En el medio de los extremos del machismo y feminismo hay un problema real que sólo pudiera resolverse inculcándole desde un principio a esa niña que vale por sí misma y al niño, que debe respetarla y aceptar el rechazo, sin que lo asuma como una ofensa o un duelo de vida o muerte.

Cuando un feminicidio llega a un tribunal, es poco lo que el juez o el fiscal pueden hacer, ante la tragedia consumada; tampoco el legislador, porque agravar las sanciones es inútil, cuando muchos de estos hombres se aplican ellos mismos la pena capital después del suceso. La solución radica en la educación de padres y maestros para evitar que ese muchacho se convierta en un monstruo y esa joven tenga la valentía de alejarse a tiempo, antes de que sea demasiado tarde y le arrebaten la vida.

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