Si Shakespeare hubiera nacido criollo… (y2)

Con W. Shakespeare nacido entre el Ozama y uno de los Yaques, Macbeth es vez de un triunfante militar de batallas, sería “Malbeto el agayú”, un dirigente político impulsado por una descomunal ambición, “pa ponese la ñoña en el Palacio Nacional”, “arrempujao” por chismes y comentarios. Y lo de la consulta a las 3 brujas en “los páramos escoceses” serían: la Peláez que usaba Balaguer; a Bocó Ti Jan, brujo haitiano de La Descubierta, con voz ronca, que leía “el detino en el humo de una vela e’cebo” y de Las Terrenas, Papá Chichí, el de La Jagua, viejo servidor de las 21 Divisiones que presagió su destino y que, junto a encuestadores clandestinos, le asegurarían el triunfo y dirían: “que gate con guto que depué se empata”.

La ambición no le permitió ver que “lo miterio orientan, pero no dirigen el detino”. Shakespeare hubiera encontrado inspiración inagotable en las filas, en reuniones familiares, en tertulias de colmado y hasta en mortuorios. Quizás en lugar de la plaza de su pueblo, Market Place, en una galería cualquiera o en el Mercado Central de Barahona, el Mercado Nuevo de Santiago que desde el siglo XIX mide el pulso de la ciudad Corazón o al Mercado Binacional de Dajabón, con su cruce de culturas, monedas e idiomas. El Mercader de Venecia no se desarrollaría entre canales de esa ciudad “aguada”, sino en un pueblo de aquí, con puerto, o una asociación de comerciantes y varios colmados adonde todo el mundo sabe más de la cuenta. ¿Sus temas?: poder, ambición, los chismes, los amores imposibles, el engaño y las apariencias, en fin, temas aún vivos 500 años después. Hubiera aparecido el prestamista que existe en cada pueblo criollo, que jamás olvida quien y cuanto le debe y más fácil no recuerda un cumpleaños que una fecha de vencimiento. El conflicto hubiera comenzado cuando un amigo enamorado “ata lasoreja” de una muchacha de familia acomodada, quería aparentar lo que no era y “cogió un prétamo” y como ocurre desde la época de las carretas hasta el de las redes sociales, el amor seguiría siendo una de las inversiones más riesgosas del mercado. De ahí la esencia de la obra: la diferencia entre la justicia y la misericordia, porque aquí abundan los que exigen sus derechos cuando son deudores, pero invocan la comprensión humana cuando son acreedores. No hubiera escrito ni para Reyes ni para nobles sino para el mismo público que llena una “voladora”. Al final, las tragedias de Reyes y las de los barrios, hablan de lo mismo: ambición, amor, celos, esperanza y la obstinada costumbre nacional de creer que los problemas del futuro los resuelve el dominicano del futuro. Seguiría escribiendo sobre la misma materia prima: el alma humana. El Rey Lear, Otelo, Sueño de una noche de Verano o Julio César, hubieran tenido sabor a mangú, con esencia universal humana y sus pasiones, en escenarios típicos dominicanos.

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