El costo de un proceso judicial, como señala El Caribe, puede ser inalcanzable para muchas familias. En EE. UU. y aquí, quien tiene dinero puede pagar abogados, negociar acuerdos, e incluso influir en jueces, fiscales o testigos. Las víctimas, aunque tengan razón, muchas veces no pueden costear justicia. Hay presos que prefieren la cárcel: tienen comida, rutina y hasta negocios internos. Mantenerlos cuesta más que el delito cometido. Y aunque no se puede comprar una condena ajena, hay quienes lo intentan todo. La justicia no puede depender del bolsillo. Este tema no se agota en un comentario: hay que hablarlo mucho, porque la desigualdad judicial es una herida abierta en el sistema.
