El Congreso refleja una preocupante concentración de intereses privados. Legisladores vinculados a bancas de apuestas y empresas de juego ocupan posiciones clave sin enfrentar cuestionamientos. Más de cinco mil bancas pertenecen a cinco diputados que aprueban o bloquean leyes según conveniencia económica. Esta captura institucional convierte al Congreso en un espacio donde el poder económico legisla para sí mismo. El silencio mediático sobre estos vínculos no es casual, hablar del tema implica señalar a actores que financian campañas y sostienen estructuras políticas. Cuando el legislador es empresario regulado por sus propias decisiones, la democracia se convierte en un negocio.
