“Ubres de novelastra”: ¡exuberante!

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Cuando hice la alusión-colindancia entre la novela de Leonardo Padura (El hombre que amaba los perros) y la de don Federico Henríquez Gratereaux (Ubres de novelastra) la situé en un plano específico (la atmosfera discursiva); pues, ambas novelas, aunque de temáticas colindantes: las dictaduras y sus garras siniestras, encuentran su bifurcación: la primera, en el drama secuencial-estructural (persecución política-ideológica de Estado) de un crimen-asesinato, el de León-Trosky; la segunda, mutil-temática, en la crónica de una centuria signada de guerras, laceraciones, vejaciones humanas, incertidumbres y cuadros dramáticos universales de un mapamundi ensangrentado -el siglo XX-, en caos y transiciones sociopolíticas relámpagos donde los seres humanos afloran mutilados -física, emocional o, totalmente enajenados-, perdidos en el marasmo de un mundo pata arriba.
Y en ese entretelón universal, resulta interesante como, en Ubres de novelastra, afloran aspectos socioculturales y anecdóticos de nuestra tradición política-cultural caudillista –post proceso independencia- derecha-izquierda, que a su vez partero de algún tramo histórico de desarrollo (construcción de un País-Estado), de algunos que otros monstruos (dictadores-sátrapas) en el contexto de nuestras realidades socio-económica-culturales bajo el pretexto, represivo-férreo, de ese objetivo llamado nación, país o estado.

Sin embargo, hay un rasgo -rupestre-revelador- en Ubres de novelastra que nos recrea todo el realismo mágico-cultural del Caribe, del que también hicieron galas sus caudillos-dictadores, y que el autor registra, cual metáfora humorística salpicadas de estampas –o vejaciones siniestras- como aquellas, para citar solo dos: “el manco de espanto” (Pocho Rifleta) que trabajaba para el dictador Trujillo y que “Torturaba a los detenidos introduciéndoles en el recto un algodón mojado en alcohol al que luego prendía fuego con un fósforo”. O la que habla de mujeres, en Camagüey, Cuba, que “sacaban caspa a domicilio”.

Hubo -¡y lo celebramos!- con esta novela una remembranza a una extinta tradición literaria- periodística: la de relato-novela por entrega que tan famoso hizo a Charles Dickens y Mark Twain que Ubres de novelastra remembró -periódico-Hoy- con entereza y donaire (en tiempo boom-tecnológico: Internet-redes sociales). !Una proeza!

Termino con esta reflexión fáctica-histórica que aún conserva toda su vigencia-consecuencia: “Si un historiador comenta un pasaje de la historia del imperio romano, no pasa nada; y lo mismo podría ocurrir si se estudia la vida de un dictador antillano de hace sesenta años. En cambio, escribir un artículo sobre política actual podría llevar a un periodista a la cárcel, tal vez a la muerte. Al terminar de decir esto Ladislao percibió claramente el ruido de la lluvia cayendo sobre la ventana”.

Y esa lluvia es la omnipresencia -atemporal- del poder….!

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