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Una nueva Venezuela

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Alrededor del mundo, los que apreciaban el liderazgo de Hugo Chávez e incluso los que lo detestaban, ya se habían acostumbrado a esa Venezuela que, bajo el influjo de la revolución bolivariana, aparecía en la historia del nuevo milenio como aquel país combativo, irreverente, pero además solidario, amigo de sus amigos y preocupado siempre por conservar el prestigio internacional ganado a fuerza de defensa de los valores de la democracia.

Aun con las limitaciones propias de un país en vías de desarrollo y con las contradicciones políticas que a nivel interno abundan en los Estados, las acciones de Chávez en el plano internacional estuvieron marcadas por un “latinoamericanismo” a toda prueba, fenómeno mediante el cual impulsó procesos que fortalecieron la identidad regional, en un ambiente de integración, solidaridad y ansias de paz.

Sin embargo, reconociendo incluso estos aportes hechos por Chávez en el plano internacional, no debe escapar al análisis objetivo la certeza de que a lo interno de su país se produjeron errores sustanciales que provocaron un fraccionamiento profundo de la sociedad venezolana a todos los niveles, lo que provocó que, desaparecido Chávez y en manos de un gobierno posterior de pocas luces, la situación de práctica ingobernabilidad que vive hoy Venezuela fuera solo cuestión de tiempo. Como una sentencia epistemológica, diría el refranero “aquellas aguas trajeron estos lodos”.

“Será el amanecer de una nueva Venezuela” fue la frase que utilizó Nicolás Maduro luego de la elección de los asambleístas para la constituyente el pasado 30 de julio, proceso que, convocado por el ejecutivo en medio de un periodo de movilizaciones y enfrentamientos en las calles entre gobierno y oposición – aquella organizada en partidos políticos o no- se saldó con más de diez muertos, sumando ya unos 121, desde el mes de abril.

La convocatoria a la “constituyente de Maduro” ha concitado un amplio rechazo, al que se sumaron un sinnúmero de países y organismos internacionales que ven en esta nueva acción del gobierno madurista una estrategia para, no solo cambiar la constitución, sino desconocer y posiblemente encarcelar a oponentes políticos miembros de la Asamblea Nacional, destituir a la titular del Ministerio Público –contraria emergente al gobierno- y posponer las elecciones presidenciales previstas para el próximo año.

En medio de todo esto, el número de muertos al parecer no va a detenerse y la sociedad venezolana, su gobierno y la comunidad internacional, incapaces de solucionar la situación alarmante que vive Venezuela, mediante el diálogo, la negociación o incluso el enfrentamiento frontal, parece habituarse, junto con los medios de comunicación, a contabilizar cifras de muerte–como ha sucedido antes en Siria, Libia, Palestina- sin abocarse a una solución definitiva.

No debe ser esa la “nueva Venezuela” a la que se refería Maduro. Los organismos multilaterales, los esquemas regionales de integración, los mecanismos de concertación política, los países amigos de Venezuela –del pueblo venezolano sobretodo- no pueden permitir que la situación degenere gradualmente hasta convertirse en una guerra civil en donde los ciudadanos de a pie, aquellos que sufren directamente el hambre, la falta de medicinas, de ropa, de empleos y todo tipo de vejámenes resultantes de un conflicto con visos fratricidas, continúen muriendo de forma progresiva luchando, paradójicamente, por el derecho a la libertad y a una vida digna.

Esa nueva Venezuela no debe ser aquella en la que se encarcele a los oponentes políticos, en la que se violen los derechos ciudadanos ni en la que se conviertan en entidades amorfas las instituciones que están llamadas a ser garantes de la democracia y de la división de poderes.

¿Qué le espera a la nueva Venezuela de Maduro?

Las proyecciones del Fondo Monetario Internacional para Venezuela este año es que la tasa de inflación superará con creces el 700%. En un escenario como este, la devaluación de su moneda es un elemento consustancial al propio proceso inflacionario, lo que perjudica seriamente la capacidad del gobierno para honrar sus compromisos de deuda externa.
Pero no solo eso, sino que, un país que importa alrededor de un 75% de todo lo que consume, tendría una necesidad galopante de dólares, teniendo para ello que generar una mayor cantidad de su moneda nacional, con el fin de poder obtener las divisas extranjeras necesarias que le permitan comprar en el exterior los volúmenes adecuados para mejorar la situación de desabastecimiento que existe actualmente.

Sin embargo, Venezuela es una economía petróleo-dependiente, lo que significa que solo un 5% de los ingresos del Estado provienen de otras actividades que no sea la venta de crudo, de modo que un 95% llega a sus arcas por ese concepto.

De ese 95% alrededor de un 40% se destina al mercado estadounidense, el cual tiene la virtud de que es saldado automáticamente y en efectivo. El resto está dividido mayoritariamente entre los países que pertenecen a Petrocaribe y el que se destina al pago de la deuda de Venezuela con China, que asciende a unos US$65,000 millones.

El gran peligro para Venezuela, es que los Estados Unidos decida, algo improbable pero nunca imposible en la política exterior “trumpista”, dejar de comprar el petróleo venezolano, lo que dejaría a Maduro sin los recursos en efectivo que recibe por ese concepto.

En ese difícil escenario la nueva Venezuela de Maduro ha visto reducir sus reservas internacionales de recursos al nivel mínimo en los últimos 20 años, lo que ha producido que, a partir del 2015 haya dejado de pagar la deuda que mantiene con Rusia, cuya primera parte –unos mil millones de dólares- luego de una reestructuración concedida por Vladimir Putin para marzo de este año que tampoco pudo pagar, deberá saldar el mes próximo a menos que llegue a un acuerdo con Moscú.

En cuanto a sus relaciones internacionales, Estados Unidos, como una reacción a la elección de los asambleístas de la constituyente, ha impuesto sanciones contra unas 35 personas, incluyendo al propio presidente Maduro, a los jueces del tribunal de justicia y a los miembros del consejo nacional electoral.

La Unión Europea ha dicho que no reconocerá la Asamblea Constituyente electa en Venezuela; Perú, Colombia, México, Argentina y otros países se han expresado en contra del proceso que lleva a cabo el presidente Maduro, a quien muchos definen ya como un dictador que busca eternizarse en el poder.

Por supuesto, siempre existen matices y, esto lo aportan otros países que como Cuba, Bolivia y Nicaragua apoyan al gobierno madurista.

Justamente en el día de hoy los países miembros de MERCOSUR se reúnen de emergencia en Brasil para tratar como único punto de agenda la expulsión definitiva de Venezuela, país que actualmente se encuentra suspendido pero por razones administrativas, no políticas.

Como puede verse, la nueva Venezuela podría convertirse en un paria internacional y en un referente nefasto para la política moderna en América Latina, sin contar los efectos negativos que a su pueblo y a los países de la región podría sumarle.
La nueva Venezuela a la que deberíamos aspirar es a una próspera, democrática, libre, garante de los derechos de todos incluso de aquellos que ejercen la prerrogativa de disentir.