Ninguna institución, al través de la historia, ha mostrado tanta capacidad de supervivencia como la Iglesia Católica. ¿En qué ha consistido el secreto? El estudio de sus posiciones sobre temas tan apremiantes como la economía, por ejemplo, ayudan a entender esa longevidad. La evolución de su pensamiento social se manifiesta principalmente en sus enfoques sobre el debate público y la economía. Tan notorio cambio de comportamiento supone el recorrido de un largo trecho en el campo del dogma y de la ideología desde los tiempos de la Inquisición.
En su enorme capacidad de adaptación a las épocas, la Iglesia ha sabido conciliar su doctrina a los cambios constantes sustentando sus enfoques políticos en argumentos no siempre teológicos o religiosos, sino más bien en la racionalidad filosófica y el análisis empírico.
Los obispos norteamericanos, en su famosa Carta Pastoral de 1985-86, en el que analizan el papel de los Estados Unidos en la economía y las relaciones internacionales, señalan: “ La importancia de este razonamiento empírico y filosófico adquiere más fuerza en la creencia católica de que la comprensión humana y la religión son complementarias, no contradictorias”.
Tal concepción supuso un avance radical del pensamiento católico, ceñido en el pasado al dogma y al misterio del Espíritu Santo. Las implicaciones de esa perspectiva sobre la economía, concebida en un sentido general, son definitivamente grandes. Lo que en el trasfondo supone es la aceptación de una interrelación entre el respeto por la dignidad humana y el realce de la solidaridad social, resaltado en las sucesivas encíclicas y documentos sobre el tema a partir de Rerum Novarum, del Papa León XIII.
Planteado en términos negativos, dice la Carta Pastoral de los obispos estadounidenses, estas normas éticas indican que “las instituciones económicas no pueden simplemente evaluarse por su eficiencia productiva o por la cantidad de bienes y servicios que ponen a disposición sin perjuicio de la importancia de esos factores”.
Esta apreciación valorativa de la economía implica, de hecho, la crítica de uno de los fundamentos básicos del capitalismo y un tácito rechazo de la Iglesia estadounidense a uno de los puntos que sirven frecuentemente de apoyo al debate a favor de las virtudes de ese modelo sobre el socialismo.
Pero es a contar de la encíclica “Sobre el trabajo humano”, de Juan Pablo II, que esta concepción adquiere la fuerza de un pronunciamiento oficial de la Iglesia. Ese importante documento vino a ser de una gran ayuda a la comprensión por parte de millones de católicos de todo el mundo de las modernas posiciones asumidas por la jerarquía religiosa en distintas partes, muchas veces ante los ojos atónitos de creyentes estremecidos por lo que en el pasado hubiese sido catalogado sin duda como una herejía o un desafío al dogma y a la tradición.
“El trabajo humano”, señala Juan Pablo II, “es clave, quizás la clave esencial, de toda la cuestión social”. El principio fundamental de la renovada ética económica católica, de la prioridad del trabajo frente al capital, esbozada primitivamente a finales del siglo antepasado por León XIII, quedaba así consagrada por ese Pontífice.
Los derechos humanos y sociales vendrían a ser elementos fundamentales de esta ética económica católica, tanto o más que la capacidad de un modelo o una concepción económica para satisfacer los requerimientos estrictamente personales de los creyentes.
