Cine usado como trinchera ideológica. La bandera estadounidense ondea al tiempo que una melodía hipocondríaca la sacraliza. Sigue la secuencia de un general recibiendo órdenes del Departamento de Guerra: el gobierno prepara un ejército para invadir su propio territorio. Bajo la apariencia de objetividad histórica, el filme despliega un discurso de dominación simbólica que, por su factura rígida y su guión de manual, carece de arte y resulta más propaganda que cine. Construye su relato desde los bastiones de la “lost cause”, narrativa que convierte a generales confederados en mártires y a la esclavitud en un accidente secundario. Mistifica a esa guerra civil en vez de mostrarla. Generales al servicio de la élite esclavista se presentan como héroes trágicos guiados por la fe; con plegarias virtuosas sin fanatismos. El problema es que, en vez de un retrato histórico, asistimos a la construcción de un santuario venerado con devoción por la cámara: la cámara ve a Jackson con devoción y su muerte presentada con estética del martirio. Contrasta con los unionistas caricaturizados… Es ahí donde la manipulación ideológica se amarra a lo que Gramsci denominó hegemonía cultural: el poder que se ejerce por consenso emocional, disfrazando propaganda de objetividad histórica. Hábilmente nos hacen sentir que la causa confederada fue justa, es decir, lo dicen sin decirlo directamente. Nos envuelve en una atmósfera de honor, deber y sacrificio que neutraliza cualquier pregunta incómoda sobre la economía esclavista que sostenía ese “modo de vida” sureño. Es la ideología en estado puro: un mecanismo que naturaliza lo que debería perturbar. La religión, como potente aparato ideológico, opera aquí como coartada espiritual. Las escenas de oración son estrategia en vez de contexto. Buscan investir de legitimidad divina a un sistema económico que oculta su barbarie. Los esclavizados aparecen como sombras complacientes, allí donde la historia registra rebeliones, fugas y una agencia política que el guión borra con calculada precisión. No hay espacio para los campesinos pobres que engrosaron las filas confederadas, aquellos jóvenes sin tierra que morían por los intereses de una élite. Prefiere el relato épico al análisis de clase, la anécdota heroica a la contradicción material. El plano inicial —esa bandera estadounidense ondeando al viento— no es un recurso estético. Es la visión de un mito: la Guerra Civil como epopeya nacional, y no como lo que fue, una lucha entre modos de producción, entre el capitalismo industrial del Norte y el esclavismo agrario del Sur. Su técnica impecable peca de complicidad. En Netflix.
HH Género: Cine épico. Duración: 223 min
