Crónica periodística entre las leyendas y las sombras
Basilio Rodríguez Cañada
Especial para elCaribe
Capítulo 1. La ciudad que susurra
Dicen que para entender un lugar hay que caminarlo hasta desgastar las suelas. Así me lo repetía yo mismo mientras me internaba por las calles empedradas de la Zona Colonial. El sol de media mañana caía a plomo, y las fachadas de colores pastel parecían derretirse. Los balcones de hierro forjado, las maderas envejecidas y las puertas enormes de caoba daban la impresión de que cada casa llevaba siglos mirándome pasar, evaluando al extranjero curioso que osaba tomar notas de todo.
Llevaba apenas dos días en Santo Domingo y ya sentía que las paredes tenían memoria. No es que yo creyera en esas cosas —me negaba a hacerlo—, pero había algo inquietante en cómo los vecinos hablaban de la ciudad, como si ella misma tuviera voluntad.
Me detuve frente al Convento de los Dominicos, una mole austera de piedra que alguna vez albergó a los primeros predicadores europeos del continente. Un guía turístico explicaba a un grupo de visitantes que aquí, en 1510, fray Antonio de Montesinos pronunció su sermón contra la esclavitud. Yo, en cambio, no prestaba atención al discurso oficial. Me atraía un sonido leve, casi imperceptible: un murmullo que parecía nacer de los muros mismos.
Me acerqué, apoyando la mano en la pared rugosa. El calor de la piedra me recorrió la piel, pero lo que me erizó el vello fue otra cosa: la sensación de que las piedras estaban hablando entre sí, en un idioma tan antiguo que mi mente no podía comprenderlo, pero mi cuerpo sí lo sentía.
Tomé la libreta y escribí: “La ciudad murmura como un anciano que no quiere ser olvidado”.
Alguien detrás de mí leyó en voz alta lo que anotaba.
—Así mismo es.
Me giré sorprendido. Era un hombre alto, delgado, vestido de blanco de pies a cabeza, con un sombrero de ala ancha que le cubría los ojos. No lo había visto acercarse.
—¿Quién es usted? —pregunté, más brusco de lo que pretendía.
El hombre sonrió sin mostrar los dientes.
—Un amigo de la ciudad. Escuche sus palabras, y ella le mostrará lo que vino a buscar.
Cuando parpadeé, el hombre ya no estaba.
Al caer la tarde decidí visitar de nuevo la Fortaleza Ozama. Me fascinaban las fortalezas: símbolos de poder y miedo. Construida en el siglo XVI para proteger a la ciudad de corsarios y enemigos, ahora parecía un gigante dormido.
Subí las escaleras de piedra y llegué a la torre del homenaje. Desde allí la vista del río Ozama era magnífica. Tomé algunas fotos, pero lo que me distrajo fue un eco metálico detrás de mí. Como un grillete arrastrándose.
—¿Hola? —pregunté, con la voz entre el reto y el miedo.
No hubo respuesta. Caminé despacio por el pasillo estrecho de la torre, y de pronto sentí un soplo de aire helado, imposible en ese clima sofocante. La puerta se cerró de golpe detrás de mí.
Mi corazón martilló. Empujé la puerta, pero estaba trabada. En ese instante, un murmullo emergió de las paredes. Palabras en castellano antiguo, que apenas pude reconocer: “Nadie escapa… nadie olvida…”.
Pegué la frente a la piedra. Quise convencerme de que era el viento, un truco acústico, pero mi cuerpo no me creía.
Al cabo de un minuto eterno, la puerta cedió. Salí casi corriendo a la plaza. Una familia de turistas me miró raro. Para ellos todo era normal. Para mí, nada lo era.
Esa noche, buscando ahogar mis nervios, entré en una pequeña taberna cerca del Parque Duarte. El lugar olía a ron y a humo de tabaco. Pedí un trago y saqué la libreta.
El camarero, un mulato de edad indefinible, me miró fijamente.
—Usted no es de aquí.
—No. Soy periodista. Vengo de España a escribir sobre leyendas.
El hombre soltó una carcajada grave.
—¿Leyendas? Aquí no hay leyendas, señor. Aquí hay memorias. Lo que la gente llama cuentos son recuerdos de la ciudad, y ella los guarda bien.
Me incliné hacia él.
—¿Y qué me recomienda investigar primero?
Me sirvió otro trago antes de contestar.
—Camine de noche por la calle Las Mercedes. Escuche. Si la ciudad lo acepta, le hablará. Pero si no lo acepta… mejor compre su billete de regreso cuanto antes.
Anoté esas palabras. Aunque sonaban a teatro para turistas, había algo en su mirada que me heló la sangre.
No pude resistir la tentación. A medianoche salí del hotel y me interné en la calle Las Mercedes. Estaba casi desierta. Solo se escuchaba el zumbido de insectos y algún motor lejano.
Avancé despacio, con la libreta en el bolsillo. A cada paso, el empedrado parecía resonar con eco propio, como si los pasos no fueran solo míos.
Entonces, lo oí. Un susurro colectivo, como si decenas de voces hablaran al unísono bajo el suelo. No distinguía palabras, pero la cadencia era clara: un murmullo de plegaria o de juicio.
Me detuve frente a una casona abandonada. La fachada estaba en ruinas, pero de sus ventanas rotas emergía un resplandor débil. Me acerqué, temblando. Dentro, creí ver figuras que se movían, sombras de hombres con sotanas, mujeres arrodilladas, verdugos alzando látigos.
Parpadeé, y todo desapareció. Oscuridad total.
Retrocedí, pero al girarme, alguien estaba detrás de mí: la anciana del rosario negro.
—¿Ve? —susurró—. Aquí las historias respiran. Y usted ya está marcado.
Quise preguntarle qué significaba, pero en un instante ya no estaba.
Volví al hotel con el corazón acelerado. Encendí todas las luces y abrí la libreta. Allí estaban mis notas, escritas con letra firme.
Pero al final de la página descubrí otra frase, con una caligrafía que no era la mía: “La ciudad que susurra ya lo eligió. No huya.”
Cerré la libreta de golpe y apagué las luces. El murmullo seguía en mi cabeza, como si las piedras de Santo Domingo se hubieran metido en mis oídos para siempre.
Esa noche apenas dormí. Y comprendí que mi reportaje no sería turístico ni pintoresco. Sería una crónica de supervivencia.
