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Es bien sabido que la agricultura y la naturaleza, entre sí, ejercen una fuerte influencia la una sobre la otra. Durante siglos, la agricultura ha contribuído a crear y conservar una variedad de hábitats seminaturales de gran valor, que han dado forma a buena parte de los paisajes existentes en el mundo y que acogen una gran proporción de su riqueza biológica y botánica, sumándose a lo afirmado, la agricultura sustenta a una variada comunidad rural que es archivo fundamental para la preservación del medioambiente.

Reducir la actividad de la agricultura a la simple producción de alimentos sería un sesgo. En la cadena de producción se dan procesos que pueden afectar al entorno natural y, por consiguiente, de forma directa o indirecta, a la salud y al desarrollo humanos. Por ejemplo, un uso intensivo de plaguicidas y fertilizantes, prácticas incorrectas de drenaje o de riego, un alto grado de mecanización o una utilización inadecuada de la tierra pueden provocar una degradación ambiental. Por otro lado, si se abandonan las actividades agrícolas, también se puede poner en peligro el patrimonio ambiental, debido a la pérdida de la biodiversidad y de los paisajes asociados a estas actividades. De igual manera, las repercusiones de los sistemas de producción agrícola, ya sea de forma directa e indirecta lacera la seguridad laboral de los agricultores, así como a los consumidores de alimentos por el uso de elementos de eficiencia en la producción y que, cada vez más, son considerados para la evaluación global de los riesgos ambientales relacionados con la agricultura.

Existe una contradictoria complejidad entre la riqueza del entorno natural y las prácticas agrícolas, porque, aunque parezca contradictorio, hábitats valiosos se mantienen gracias a la agricultura extensiva y una gran variedad de especies silvestres dependen de ella para su supervivencia, por otro lado, la agricultura también puede provocar la pérdida de fauna y flora silvestres debido a prácticas agrícolas inadecuadas o a una utilización inapropiada de la tierra.

Siguen siendo más contradictorios los puntos de vistas entre el desarrollo tecnológico en las prácticas agrícolas y los daños medioambientales cuando los debates sobre el caso se centran en tratar de predecir el futuro de las nuevas tecnologías en el ámbito de la producción alimentaria, arguyendo que deberán partir necesariamente de la actual situación de las repercusiones de la agricultura en el medio ambiente, incluidos los efectos en la salud humana que se derivan de éstas, teniendo en cuenta que las actuales tendencias de la agricultura convencional se reflejarán probablemente en los objetivos de la producción alimentaria moderna.

De esta realidad se desprenden tres aspectos de emisión de gases de efecto invernadero en la agricultura: las emisiones de N2O -óxido nitroso- procedente del suelo, principalmente debido al uso de abonos nitrogenados; las emisiones de CH4 -metano- procedentes de la fermentación intestinal y las emisiones de CH4 y N2O procedentes de la gestión del estiércol. Contradice a esta realidad el fomento de una aplicación más eficiente de los abonos para reducir el uso total de estos productos artificiales, el compostaje y la mejora de los sistemas de digestión anacróbica, ejemplo ideal es la producción de biogás para tratar los residuos y los subproductos biodegradables; y un nuevo hincapié en la producción de biomasa, la labranza de conservación y la agricultura ecológica. Un mayor desarrollo de la biomasa agrícola renovable podría contribuir a reducir las emisiones de los sectores de la energía y el transporte, lo cual beneficiaría al mismo tiempo al sector agrario.

Dentro de todos los aspectos que hemos mencionado, el más trascendente y de mayor impacto es el referente a la contaminación del agua por nitratos de origen agrícola, cuando debería entenderse que la mejora de las prácticas agrarias está destinada a reducir la contaminación. El intenso uso de plaguicidas ha provocado reducciones en el medioambiente y en los ecosistemas, tanto, que ha provocado una reducción de la biodiversidad, especialmente afectando la salud de los humanos que puede verse perjudicada por el contacto directo o indirecto con los residuos agrícolas, sobre todo, en el agua potable.

Hay otros aspectos colaterales que se suman a la realidad agrícola actual. A decir: los procesos de degradación del suelo, la desertización, la erosión, la disminución de materia orgánica, la contaminación por metales pesados, el sellado, la compactación, la pérdida de biodiversidad y la salinización, pueden privar al suelo de su capacidad para realizar sus principales funciones. Estos procesos de degradación son el resultado de prácticas agrarias inadecuadas, como una fertilización desequilibrada, una captación excesiva de aguas subterráneas para regadío, un uso incorrecto de los plaguicidas, una utilización de maquinaria pesada o un sobrepastoreo. Ante esta realidad hay medidas destinadas a salvar esta situación y que proponemos para que sean tomadas en cuenta y así prevenir daños que pueden ser irreparables. Estos son: Poner en práctica una agricultura ecológica, aplicar labranza de conservación, protección y mantenimiento de terrazas en los accidentes del suelo, una utilización más segura de los plaguicidas, la gestión integrada de cultivos, la gestión de sistemas de pastoreo de baja intensidad, la reducción de la densidad de ganado y la utilización de compost certificado.

A las recomendaciones anteriores hay que sumar el control del regadío que también puede originar problemas medioambientales, como el exceso de extracción de agua de los acuíferos subterráneos, la erosión, la salinización del suelo y la alteración de los hábitats seminaturales preexistentes, así como otros efectos indirectos derivados de la intensificación de la producción agrícola que lo posibilita.

Para la conservación de la biodiversidad es necesario recuperar los aspectos que se han perdido en los últimos decenios, producto de la aceleración del declive y desaparición de especies, así como de los hábitat, ecosistemas y genes relacionados, es decir, hay un ataque feroz a la biodiversidad. Este ataque a la biodiversidad tiene consecuencias directas en la seguridad alimentaria cuando éstas afectan a los organismos relacionados con la alimentación y a variedades empleadas en la selección. Además, las prácticas de la agricultura intensiva, incluidos los sistemas modernos de mejoramiento genético, han conllevado una notable reducción de las variedades locales, adaptadas a las especificidades locales, así como de los conocimientos tradicionales.

Hay un antecedente de estudio para poder entender las afecciones a la biodiversidad, es la Evaluación de Ecosistemas del Milenio, un programa de trabajo internacional que cuando Kofi Annan era Secretario General de las Naciones Unidas lo presentó en junio de 2001 con el cual se pretendía satisfacer las necesidades de las instancias decisorias y del público en general en materia de información científica sobre las consecuencias de los cambios en el ecosistema con el uso de tecnologías para el bienestar de los seres humanos y las opciones existentes para afrontar esos cambios. Esta Evaluación se centró en los beneficios que la población obtiene de los ecosistemas, el modo en que los cambios en dichos servicios han afectado al bienestar de los seres humanos, el modo en que los cambios en los ecosistemas pueden afectar a la población en los próximos decenios, así como en las posibles medidas que podrían adoptarse a nivel local, nacional, o mundial para mejorar la ordenación de los ecosistemas y contribuir, de este modo, al bienestar de los seres humanos y a la mitigación de la pobreza. Ahí están, dejados como un legado y hoy nos encaran a tomarlos en cuenta y ponerlos en ejecución. La conciencia ciudadana y el empoderamiento actual son los únicos insumos para poder hacer una convivencia armónica entre medioambiente y desarrollo tecnológico.

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