Fan Ho en el silencio de las sombras

Lo más relevante que dejó fue la enorme cantidad de negativos de Hong Kong para la historia de la fotografía

Fan Ho es uno de los artistas que se obsesionan con las ciudades que los acogen, como Ara Güler con Estambul y Stieglitz con New York.

Ho hizo lo mismo con Hong Kong cuando llegó allí, jovencito, desde Shangai, en 1949 a la edad de 10 años disparando con una camarita Brownie al mismo tiempo que el Ejército Rojo de Mao disparaba los últimos cartuchos contra el Gobierno Nacionalista que se rindió y huyó a atrincherarse a la Isla de Formosa (Ilha Formosa, como la bautizaron los portugueses, la hermosa Taiwán).

Cuatro años más tarde, su padre le regaló una Rolleiflex, que reflejaba la imagen arriba y que lo acompañaría toda su vida.

En el Hong Kong que Fan Ho vivió, se respiraba un aire inglés colonial, que ni Mao ni Deng Xiao Ping pudieron arrancarles a los británicos que andaban como Pedro.

Tuvieron que esperar, evitando todas las provocaciones y armándose de una paciencia que heredaron desde mucho antes de Confucio y Lao Tse, hasta que en 1997 la pudieron recuperar.

Retrato de Fan Ho por Mercader.

Ya para ese entonces Ho había tenido el tiempo suficiente para hacer la narrativa gráfica e histórica de la “prosperidad” de aquel oscuro Hong Kong, repleto de casinos y mafias y, un bajo mundo que ni las películas de gangsters pudieron retratar.

Ese Hong Kong moderno, con luces de neón que ocultaban la miseria y las desigualdades sociales, las castas blancas dominantes, plagado de prostitutas de todas las edades, del opio fácil, caro y fatal; de vendedores que reflejaban una verdad callada en los grandes medios cómplices. Esa ciudad quedó petrificada en cada click de su cámara para contarnos, sin camuflajes, la realidad de aquella ciudad misteriosa, sin ruido, sin alma, cuya memoria son los archivos de Ho.

Cuando en 1979 llegó a San José, en California, quedaban los vestigios de aquel movimiento hippy, las colillas de marihuana, los carteles sicodélicos, los afiches de Cristo como líder único, que lo impulsó a rebelarse contra la guerra de Vietnam.

Fan Ho atrapó la historia en su cámara

Pero ya Fan Ho estaba sumergido en su mundo, en la fotografía y en el cine sin barba ni chancletas que lo identificara con aquella juventud cansada de guerra, como Teresa Batista la de Jorge Amado, de la que no era parte. Desde 1961 hasta 1994 en esta actividad artística se ocupó, ya como actor y luego como director, en el tiempo de auge de Bruce Lee.

De toda su vida, lo más relevante, sin embargo, fue esa enorme cantidad de negativos cuadrados de Hong Kong que quedó como legado a la Historia Universal de la Fotografía.

Las sombras dejaron de murmurar, en silencio demarcaron la genialidad de Ho en tantas calles que no pueden negar el paso de aquella huella colonial con sus destellos de contrastes de luz.

La calidad de la fotografía de Ho es de la misma altura de los grandes maestros del lente, de Francesc Catalá-Roca recreando su Barcelona, o Tina Modotti, Edward Weston y Manuel Álvarez Bravo que construyendo la geografía arquitectónica y social gráfica de México o, Doisneau obstinado con el París pos Hausman, o el Santiago que Julio González pensó que iba a ser arrasado por Balaguer cuando deguañangó Las Carreras. O Louis-Prudent Vallée y los hermanos Jules, Jules-Ernest y Jules-Isaïe Livernois con Quebec.

Porque ser fotógrafo era conocer todos los secretos, todos los murmullos de las sombras, de las luces, de la vida. Así se construyeron obras de vida sabiendo que la fotografía como arte, no era un simple apuntar y disparar o, como se cree hoy que es hacer fotocopias mal hechas y colgarlas de un cordel como si fueran trapos al sol y titularlas, esnóbicamente, instalación. Aquellos no, una foto era minuciosamente elaborada, dedicando el tiempo que fuera para lograrla, sin prisa, sin prejuicio ni cacería de vanas glorias.

Ho, con su humildad a su lado, como su sombra, se apasionó de las figuras que bailaban en frente de él y esperaba a que se calmaran para fijarla en el tiempo para siempre. Las siluetas chinas se quedaron en su memoria desde aquella niñez en Shangai,de juego e inocencia, que hicieron que la cámara fuera su mayor cómplice.

Siempre pensó que todo lo que lo rosa, es una flor.

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