Mare Nostrum (1)

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Fernand Braudel

Europa, Asia y África se mezclan en sus aguas. Los tres grandes credos monoteístas han ensangrentado de idolatría sus oleajes. El mar de Ulises y Nausícaa, de los fenicios, de Roma, de los piratas berberiscos, de las galeras venecianas, el más civilizado de los mares: el Mediterráneo. En ese claustro nacieron Platón y Julio César y Leonardo da Vinci. Frente al azulado cristal de sus enigmas, la ontología y la ciencia amasaron la arcilla del hombre contemporáneo.

Albert Camus advirtió que “el Mediterráneo tiene un sentido trágico solar, que no es el mismo que el de las brumas” y que “ciertos atardeceres –en el mar, al pie de las montañas— cae la noche sobre la curva perfecta de una pequeña bahía y, desde las aguas silenciosas, sube entonces una plenitud angustiada”.

El sabio francés Fernand Braudel (1902-1985), miembro destacado de la escuela de los Annales y considerado como el más grande historiador del siglo XX, analiza la prehistoria y la antigüedad de la civilización Mediterránea. Con nobilísima prosa, Braudel viaja de Heródoto y Plinio el Viejo hasta alcanzar la fundación de Constantinopla y la irrupción del cristianismo.

La civilización Mediterránea Fernand BRAUDEL

Con Roma victoriosa, el Mediterráneo sigue siendo él mismo. Diferente en función de los lugares y las épocas, sigue teniendo todos los colores imaginables, pues nada, en este mar de antigua riqueza, se borra sin dejar huella o sin volver, un día u otro, a la superficie. Al mismo tiempo, el Mare Nostrum, en la medida en que siglos apacibles multiplican los intercambios, tiende a una cierta unidad de color y de vida. Esta civilización que se está construyendo es el gran personaje que se distingue entre todos los demás.

Corrientes y contracorrientes

Esta civilización es, en primer lugar, el idioma de los vencedores, la religión latina, la «forma de vida» romana. Ganan fácilmente terreno tras la conquista de las legiones, por ejemplo en África del Norte hasta la época tardía de Septimio Severo (193-211); en Dacia, tras las victorias violentas de Trajano; en Galia, hasta el siglo I d. C, con curiosísimos avatares: «Marte supera a Mercurio en Narbonense, lo excluye en Aquitania propiamente dicha, mientras que Mercurio excluye a Marte en el este y lo supera en la zona militarizada de los Campos Decumates.»

También existen contracorrientes dictadas por fidelidades tenaces, por negativas a alinearse, tanto en Siria, con el resurgimiento de cultos prehelénicos, como en Galia, con el desarrollo de los cultos druídicos, que escapan a la represión vigilante de Roma. Y qué decir de la intrusión vigorosa del culto de Mitra que gana Italia y la misma Roma, tras extenderse a través de los campamentos militares; o de san Pablo ¡que defiende su causa en Atenas ante el Areópago! Negativa básica para alinearse: Oriente sigue fiel a sus idiomas antiguos y el griego sigue combatiendo victorioso al latín. Ése es, incluso para el amplio campo cultural del Mediterráneo, el desequilibrio esencial .

La civilización comunitaria se insinúa más fácilmente en los detalles de la vida material. El capuchón de Cisalpina, la poenula, se impone en Roma y en los países fríos; el vino italiano seduce a los galos; por su parte, las braies y los tejidos de Galia se exportan al otro lado de los montes; el pallium griego, un abrigo que sólo es un amplio paño de lana que se pasa sobre el hombro y se enrolla en la cintura, se convierte en la vestimenta de muchos romanos, en particular de los filósofos; en todo caso es la ropa que Tiberio, exiliado en Rodas, no se quería quitar; los cocineros intercambian sus recetas y sus especias, los jardineros sus semillas, sus esquejes, sus injertos. El mar había facilitado desde hacía tiempo los viajes de este tipo, pero con la autoridad sin límites del imperio, las barreras caen y todo va más deprisa.

El paisaje tiende a la uniformidad

Lucien Febvre, en un artículo muy breve y expresivo (1940), imagina las sorpresas de Heródoto, «el padre de la historia» si se encontrara con los campesinos del Mediterráneo en nuestros días. Plinio el Viejo, que vivió unos siglos más tarde (23-79), sería más difícil de asombrar.

Y sin embargo, no conocía ni el eucalipto venido de Australia ayer, ni los regalos de América tras el descubrimiento: el pimiento, la berenjena, el tomate, el prolífico higo chumbo, el maíz, el tabaco y tantas plantas ornamentales. No obstante, sabía, por haber reflexionado sobre ello, que las plantas, los injertos habilidosos, están deseando viajar y que el Mediterráneo ha sido una zona de difusión.

Todo ha circulado, en general de este a oeste. Plinio lo cuenta así: «El cerezo no existía en Italia antes de la victoria de Lúculo sobre Mitrídates (en el 73 a. C). Este último fue el primero que lo trajo del Ponto y en ciento veinte años, cruzando el océano, llegó hasta Bretaña.» También en tiempos de Plinio, el melocotonero y albaricoquero acaban de llegar a Italia, el primero originario de China, sin duda, a través de Asia Menor; el segundo llegado desde el Turquestán. Desde Oriente, el nogal y el almendro habían llegado un poco antes. El membrillo, más antiguo sin duda, viene de Creta. El castaño es un regalo de Asia Menor, bastante tardío: Catón el Viejo (234-149 a. C.) no lo conocía.

De estos viajeros, los más antiguos —difíciles de imaginar, a no ser clavados desde toda la eternidad en el paisaje mediterráneo— son el trigo omnipresente (y los demás granos), la vid flexible, el olivo, tan lento en crecer y producir. Nativo de Arabia y de Asia Menor, el olivo parece haber llegado hacia Occidente a manos de los fenicios y los griegos y los romanos mejoraron su difusión. «Actualmente —escribe Plinio— ha cruzado los Alpes y llegado al centro de las Galias y las Españas», es decir, al avanzar, se sale de su hábitat óptimo. ¡Incluso se intentó implantarlo en Inglaterra!

También la vid se instaló por todas partes, contra viento y marea, y contra las heladas, desde las épocas más remotas en que los hombres se interesaron por la labrusca, una vid silvestre de frutos apenas azucarados, originaria sin duda de Transcaucasia. La tenacidad campesina, el gusto de los bebedores, las transmutaciones oscuras de los suelos, el juego de los microclimas, crearon en el Mediterráneo centenares de variedades de vid. Hay cien formas de cultivarla, sobre estacas, abandonadas sobre el suelo como planta rampante, mezclada con los árboles, escalando los olmos o incluso los altos álamos de Campania.

Plinio no acaba de enumerar las especies de vid y las formas de cultivo, además de la lista ya larga de vinos gloriosos.

La misma prolijidad respecto a los trigos, su peso específico, la harina que dan, o el valor para el hombre o para los animales de la cebada, la avena, el centeno, las habas, los guisantes. Aceite, vino, cereales, legumbres: ésta es la dieta básica, la mesa cotidiana de los hombres del Mediterráneo. Si nos imaginamos los rebaños —los ríos de ovejas trashumantes de Italia del Sur que convierten Tarento en una ciudad de pañeros—, si tratamos de reconstruir el cuadro añadiendo desordenadamente el boj, el ciprés piramidal —árbol fúnebre de Plutón—, el tejo de bayas venenosas, «muy poco verde, endeble, triste», podemos ver con Plinio el paisaje clásico de las llanuras y laderas del Mediterráneo. Y, ¿por qué no? preferir como él a todos los perfumes de Egipto o de Arabia el aroma embriagador, en Campania, de los olivos en flor y las rosas silvestres.

Esta geografía dirige nuestras explicaciones: el universo romano vive de una economía agrícola, según principios que serán válidos durante siglos y siglos, hasta la revolución industrial de ayer. El juego sectorial de las economías deja a los países pobres el trabajo de producir el grano y a los ricos las ventajas de la vid, del olivo, de una cierta ganadería. Así se crea la división entre economías avanzadas como Italia, atrasadas como África del Norte o Panonia, estas últimas más equilibradas, menos afectadas por la regresión que aquéllas. No importa que el paisaje, en una zona concreta, se incline hacia uno u otro de estos polos, ni que se vaya dibujando el límite entre lo que no nos atrevemos a llamar un desarrollo y un subdesarrollo: este límite sólo se podría ahondar, y ni siquiera, si la industria, el capitalismo, los hombres en masa lo favorecieran decididamente.

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