Mi amigo el Beatle

Antonio Gómez Sotolongo
Especial para elCaribe

Los Beatles llegaron a Cuba en la dotación de los viajeros, en la pacotilla de los marinos mercantes, a horcajadas sobre la onda corta y traídos por el éter. Y aquello fue amor a primera vista, enseguida que los vimos en aquellas flamantes carátulas, y al escuchar aquellos sonidos distintos, los muchachos del barrio nos enrolamos en la legión de aspirantes a melenudos y por supuesto, aquella propensión a imitar a los inglesitos nos llevó a encarar algunas quejas familiares.
Pero no fueron sólo los padres quienes se alarmaron, hubo también una alarma en las filas policiales. Las esferas ideológicas del «gobierno revolucionario» detectaron de inmediato la peligrosidad del mensaje «burgués» que aquellos muchachos de Liverpool andaban distribuyendo.

Como ya para entonces el mercado del disco en Cuba era un celaje de lo que había sido en décadas pasadas, no fue necesario incautar los fonogramas en fábricas, almacenes o tiendas a donde nunca llegaron, sino que fueron censurados con un simple rugido. Fue cosa sólo de silenciarlos en la prensa, la radio y la televisión, -medios únicamente del partido único-, y someter a un agresivo «gardeo a presión» a quienes poseyeran y distribuyeran aquella música y modales.

Ya el primer ministro del gobierno revolucionario, el 13 de marzo de 1963, había dictado sentencia sobre todos aquellos «pepillos vagos, hijos de burgueses, que andaban por ahí con unos pantaloncitos demasiado estrechos y que llevaban con ellos una guitarrita en actitudes elvispreslianas, y aparecían en sitios públicos haciendo sus shows feminoides».

Ya la «ley tribunicia» estaba cantada cuando Pepe se apareció en Aguada con aquel disco, ya, desde la tribuna, el que dictaba la Ley había dicho: «La sociedad socialista no puede permitir ese tipo de degeneraciones» y «los perseguidores de cualquier nacimiento» le seguían al pie de la letra. Por eso, Pepe no quiso andar por el pueblo con aquella llamativa carátula comprometedora y todos tuvimos que ir a su casa para escuchar el disco.

Yo no sé el efecto que pudo causar aquella sesión para los otros muchachos del grupo, pero para mí fue toda una revelación, fue como el fin de una época y el comienzo de otra, fue como esos momentos en los que me doy cuenta que en lo adelante yo no sería el mismo. Y no me equivoqué, a través de los años aquel fonograma se mantuvo como medida en mis hábitos de escucha, lo que no igualara o sobrepasara aquella estética quedaba fuera de mis gustos. Aquel disco Pepe nos lo presentó diciendo: «Este es el Revolver de los Beatles y lo grabaron en 1966».

Y no era para menos -aunque entonces yo no pudiera comprenderlo del todo-, era una música que infundía miedo en las filas del partido comunista porque era el producto de un mercado millonario, en el que participaban millones de jóvenes del mundo entero, y esa era una pelea que el comunismo era incapaz de echar, sobre todo cuando ya a esas alturas el sistema socialista de producción había arrasado con el vibrante negocio de la música cubana y de la música en Cuba.

Así que en aquellas circunstancias y con esa escenografía, una noche, en Aguada de Pasajeros -probablemente en el año 1967 porque según recuerdo, aunque el disco A hard day’s night era del 64, primero conocimos el Revolver que era del 66-, mientras nos solazábamos en la celebración de una «fiesta de quince», y mientras bailábamos And I love her, del disco A hard day’s night, cesó la música abruptamente, y tras el chirriante sonido que produjo la aguja al ser arrastrada por los surcos del acetato, se escuchó una voz autoritaria que, imitando a aquel otro rugido tribunicio, dijo: «¡¡¡Esto se acabó aquí mismo y todos están presos!!!».

Fue como el ladrido de un perro con anginas, como el rugido de un hombre cargado de «intransigencia revolucionaria» y dispuesto a aplastar a cualquiera que circulara por ahí exhibiendo ademanes «feminoides». Fue como el grito de alguien capaz de cercenar cualquier palabra, gesto, o baile de quien anduviera por ahí «haciendo púbica ostentación de sus desvergüenzas». Fue como el grito de un «perseguidor de cualquier nacimiento».

En ese momento, en aquella «fiesta de quince», comenzó la dura noche de aquel día. Toda la legión de chiquillos fuimos a dar a la Jefatura de la Policía Nacional Revolucionaria (PNR) y el cuerpo del delito eran un fonograma con canciones de los Beatles y un tocadiscos de fabricación soviética.

Fuimos reprendidos por «diversionistas» y «penetrados culturales», fuimos advertidos de que aquella música era el «producto de una sociedad decadente e imperialista, enemiga de la revolución», «una música que quería colonizarnos» y que si no enmendábamos nuestra conducta la revolución se vería obligada a aplicarnos medidas algo más severas, y aunque no lo dijo, pude sentir en el aire la amenaza de mandarnos al campo de concentración que por aquellos días llamaban eufemísticamente «Unidad Militar de Ayuda a la Producción» (UMAP), o a la península de Guanahacabibes.

Finalmente cada padre debió presentarse a buscar a su hijo, y sin pasar a mayores, eso fue todo. Sin embargo, mi papá y el de mi amigo Ignacio tomaron la decisión, supongo que aconsejados por la salomónica sapiencia del oficial que atendió «el caso», de agregarnos una pena más. Al día siguiente fuimos llevados, a punta de tijera, a un estado calamitoso. Nos pelaron al rape.

Yo tuve una simple rabieta que se me pasó enseguida, pero mi amigo Ignacio sí se la tomó en grande. Él dejó de firmar con su apellido paterno. Se despojó del que con tanto orgullo vivió aquellos primeros trece o catorce años de su vida, y se convirtió, en cuerpo y alma, en el «quinto» inglesito. Entonces, ya no hubo forma de acercarlo nuevamente a una barbería, y su melena negra y lacia sobrepasó con creces el largo de la melena de Sansón. Él, estaría definitivamente en el bando de los «desviados», «penetrados» y «diversionistas ideológicos».

Él abandonó el linaje que le habían dado sus ancestros para ser el otro, después de George, John, Paul, y Ringo. Él fue entonces el «quinto» Beatle. Y para que todo el mundo lo supiera, estampó su nueva firma en los árboles, las paredes, los pupitres, los bancos del parque, y hasta en la lona del Circo Montalvo cuando pasó por el pueblo. Mi amigo fue, a partir de entonces, IGNACIO EL BEATLE.


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(*) Historiador. Master en investigación musical por la Universidad Internacional de Valencia, España. Miembro Correspondiente de la Academia de la Historia de Cuba en el Exilio (AHCE). Licenciado en Música por la Universidad de las Artes de Cuba. Contrabajista Principal de la Orquesta Sinfónica Nacional de la República Dominicana.
Correo-e: [email protected] Esta página es una colaboración especial para este suplemento.

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