Microrrelatos de Eddy Sosa

Valentín Amaro
Especial para elCaribe

Eddy sosa (Gaspar Hernández, provincia Espaillat, 1973) es narrador, poeta, escritor y docente dominicano. Es licenciado en lenguas modernas y magíster en lingüística aplicada a la enseñanza del idioma inglés. Integra el taller literario francis livio grullón, donde ha desarrollado una importante labor de promoción cultural y formación literaria. Ha participado en conferencias nacionales e internacionales y colaboró como facilitador en proyectos de formación literaria juvenil auspiciados por el ministerio de cultura. En 2009 obtuvo el primer lugar en cuento del segundo concurso regional de literatura de Fundacom y una mención de honor en el concurso de ensayo prof. Juan Bosch, legado de un humanista. Es autor de Lively short stories (2009) y Miradas, nostalgias y silencios (2014). Sus textos forman parte de diversas antologías y revistas. Actualmente es docente de los cursos extracurriculares de la uasd y la pucmm, y participa activamente en el ateneo insular y en otras iniciativas culturales.

A Eddy lo conozco desde que ambos correteábamos por las calles de Gaspar Hernández, nuestra patria chica. Juntos fuimos descubriendo el mundo entre juegos de plaquita, cacerías de lagartos y jornadas de pesca de dajaos en el río Joba.

Los microrrelatos que aquí presentamos destacan por su capacidad para condensar, en muy pocas líneas, profundas reflexiones sobre la condición humana. Eddy sosa combina un lenguaje depurado con imágenes de gran fuerza simbólica que invitan a múltiples interpretaciones. La sorpresa, la ironía y la tensión narrativa se convierten en recursos fundamentales para potenciar el impacto de cada historia. En conjunto, estos textos revelan una voz literaria madura, de notable dominio del género, capaz de transformar lo cotidiano en una experiencia estética que interpela al lector y prolonga su resonancia más allá de la última palabra.

El mosquito y el enfermo
El mosquito miró con rabia al enfermo; el moribundo, por su parte, se alegraba de la inminente muerte del insecto. El mosquito repudió y maldijo la idea de tener conciencia, especialmente de los peligros de las enfermedades mortales. Pensó en tantas cosas, entre la impotencia y la desesperación, que decidió picar a todo ser humano que encontrara a su paso antes de que se agotaran sus setenta y dos horas de vida.

El humano, o mejor dicho, el enfermo, esta vez se alegró de haber jodido al inservible mosquito, y su satisfacción fue aún mayor porque, postrado en el lecho de muerte, no sentía remordimiento por ninguna de las cosas que había hecho.

El rey de la noche
Cada noche, misu reinaba sobre los techos de cinc. Cazaba sombras, desafiaba tormentas y perseguía cuanto se moviera bajo la luna. Al amanecer se tendía a dormir con la serenidad de un inocente. Solo el perro del barrio sabía la verdad: los ratones habían desaparecido hacía meses; desde entonces, el gato cazaba sueños.

La partida de la flor
La flor, un día, quiso morirse de tantos desengaños. Antes de partir al otro mundo, convocó a todos los vecinos de su bello jardín y a los fenómenos que habitualmente la visitaban en su hábitat. Así pues, la lluvia, el sol, las estrellas, la luna, el rocío, la brisa, el canto de las aves, el murmullo del río, la niebla, el calor, los insectos y un sinnúmero de especies, incluso las marinas, fueron citados para escuchar sus últimas palabras y sus últimos suspiros.

Sucedió entonces que, cuando todos estuvieron reunidos, notaron la extraña ausencia del ser humano, el único de quien la flor esperaba una objeción a su muerte. La agobiada flor decidió seguir viviendo hasta reencontrarse con él y pedirle su opinión. Pero el hombre nunca volvió, y la flor permaneció inmóvil en su jardín. Desde entonces vive acompañada por todas las especies y los fenómenos que convocó, pues ninguno quiso abandonarla. Ahora vegeta en una espera eterna: la del hombre y de su palabra.

La braza
La lluvia es como una campana deslumbrante, sin sonido ni origen; agua enmascarada que envejece la ciudad. Ella te contempla y descubre una voz helada que llora palabras desterradas. La braza te abraza con manos de cárcel: ahora le perteneces. Sus palabras te han conmovido, te han matado el alma; por eso lloras junto a él y cantas.

Su monólogo sórdido continúa en el comedor; los demás escuchan y quedan boquiabiertos. La lluvia, puerta cerrada que gime brisas, te envuelve en una noche felina. Tus ojos golpean las paredes húmedas.

Entonces lo entiendes: no es él quien habla. Eres tú quien siempre ha estado repitiendo su voz en la oscuridad.

Una herida
Una herida sangra despacio. La daga del odio cayó en su intento brutal y quedó enterrada junto a los restos de la furia. La contusión adquirió la firmeza del dolor hasta volverse implacable.

Los soberbios quedaron atrás: pequeños, confusos, tristes, meditabundos, tartamudos, ya sepultados en su propio ruido.

La herida, sin embargo, sonrió con labios de sangre y aceite de oliva. Caminó goteando amor por sus dedos de llagas. Atónitos y avergonzados, los causantes volvieron a la memoria tenue del tiempo, donde el dolor todavía los nombraba en voz baja.

Suelto en banda
“Déjalos partir sin hacerles reproche alguno.” Dostoievski.

Sasán lo tenía todo: fama, dinero, mujeres, fiestas y lujos. Un día, tras una noche larga, apareció con su vida hecha escombros bajo un puente. Desde entonces, todos lo soltaron en banda.

El narrador calla, mira la grabadora apagada y comprende que también él ha fracasado: no tiene historia para la revista.
Entonces se pregunta si el verdadero abandono no es caer en desgracia, sino quedarse sin relato que te sostenga en la memoria de los demás. Y sigue hablando, como si aún pudiera salvarse.

Memoria líquida
La lluvia es como una campana deslumbrante, sin sonido ni origen; agua enmascarada que envejece la ciudad. Desde el cielo, te contempla y, al tocarte, descubre en ti una voz helada que llora palabras desterradas.
Solo entonces comprendes que no eres quien la observa caer: eres tú quien ha estado lloviendo todo el tiempo sobre el mundo.

El padre hizo un milagro

Cuando el padre federico nogales llegó a la casa, la gente lo esperaba con mucha desesperación. Se apeó de su caballo con cierta elegancia, al tiempo que le abrieron paso para que se dirigiera hasta donde estaba el endemoniado. Estudió y observó con sabiduría divina y terrenal todo el ambiente y luego prosiguió a decir:
—Búsquenme a los dos hombres más fuertes de la comunidad lo más rápido posible.
Mientras el ensotanado padre pronunciaba estas palabras, el poseído se revolcaba en el piso, pronunciando un lenguaje ininteligible. Una espuma blanca salía de su boca. Todo el público se mantenía atento y alejado de aquel hombre que les recordaba al endemoniado de gadara.
—¿Pero ya se fueron a buscarlos? —Insistió el padre nogales.
—Sí —dijo un hombre turbado.
La gente se mantenía murmurando, atenta a todos los movimientos del enrarecido hombre. Por ratos, aquel hombre se tornaba incontrolable. Varias veces lo habían atado a un árbol y, con poco esfuerzo, se soltaba. Su desnudez lo hacía más libre y ágil. Ya todos los presentes habían perdido la esperanza de controlarlo. Su fuerza era descomunal. La presencia del padre nogales ahora aportaba una nueva esperanza.
—Ya por fin los tenemos —dijo el cura—. ¿Estos son los hombres más fuertes que hay en la comunidad?
—Sí —respondió la multitud.
El endemoniado, esta vez, parecía oír todo lo que el cura decía. Sus ojos mostraban un pavor indescriptible. Se arrinconó cerca de la tinaja y empezó a emitir unos sonidos guturales asombrosos. La madre del hombre trató de acercársele para limpiarle la baba que adornaba su barba, pero el hombre la sujetó por el cuello con intenciones de ahorcarla. La intervención de ramoncito y chololo, como se llamaban los dos hombres fuertes, logró que se salvara de ese violento ataque.
—Hay que terminar con todo esto —dijo el cura con una voz enérgica.
Los curiosos habían invadido el patio de la casa. Muchos se turnaban para brechar y observar los movimientos de aquel infortunado hombre.
Con nuevos bríos, el hombre, una vez más, surgió de la nada. Había roto todos los cachivaches de la humilde casa y se proponía acabar con todo lo que tuviera presencia física. Como un violento huracán, comenzó a golpear a todo cuanto se le acercara. Se mantenía saliendo y entrando de la casa completamente desnudo. Lo hacía con una desesperación inquietante, como quien no soporta la vida que lleva por dentro. Era algo inenarrable. A veces se estrellaba contra el suelo y la sangre que brotaba la lamía con avidez.

Cuando el cura, con su negra sotana, habló de nuevo, el endemoniado se encontraba dentro de la casa. A veces sonreía en combinación con una mirada perdida y solitaria. El padre nogales se había parado frente a frente con aquel hombre, en actitud desafiante. Mirándolo fijamente, dio la orden a los hombres más fuertes de la comunidad:
—Quiero que rápidamente consigan dos varejones bien pelados y les unten ají caribe; que sean dos tremendos varejones, porque ahora es que esto se va a poner bueno.

El endemoniado, esta vez, parecía comprenderlo todo. Como quien resurge de entre los muertos o como quien ha sido recompensado por algo, abrazó al cura en señal de tregua, mientras el público vociferaba:
—¡El padre hizo un milagro! ¡El padre hizo un milagro!

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