Antonio Gómez Sotolongo
Especial para elCaribe
En este artículo, que por su extensión se ha publicado en tres entregas -y si no lo puedes leer ahora guárdalo para que lo leas después-, he descrito las condiciones que hicieron de La Habana el centro de la música popular en el Caribe, y de cómo esa hegemonía la perdió durante la segunda mitad del siglo XX. En esta entrega número 3 demuestro que la abolición de la propiedad privada en Cuba y el expolio de la industria de la música, provocaron su descapitalización y el desabastecimiento de los mercados.
Demuestro que los géneros de la música cubana fueron resignificados, apropiados y capitalizados por los productores y consumidores latinos en Nueva York, quienes a través de un largo proceso cultural y mercantil los rebautizaron con el nombre de salsa.
El principio del fin
El estrepitoso mercado de la música cubana que se mantuvo durante al menos dos siglos comenzaría a silenciarse a partir del 1 de enero de 1959 con la huida del dictador Fulgencio Batista. Para esa fecha, cientos de contratos estaban por firmarse y cientos más por ejecutarse; y decenas de músicos, meseros, luminotécnicos, magos, funambulistas, concertistas de primer cartel, periodistas, presentadores, fotógrafos, empleados de las fábricas de discos, técnicos de los estudios de grabaciones, dueños de sellos disqueros, artistas del cine, la radio y la televisión, músicos de las orquestas de baile, dueños de centros nocturnos y todos los que se empleaban en el complejo y veloz mercado de la música en Cuba, que había transitado por las férreas paralelas del libre mercado, comenzaron a zozobrar.
Se inició entonces un proceso de abolición de la propiedad privada y de imposición de un sistema de producción socialista. Como consecuencia de estas políticas económicas impuestas por el dictador Fidel Castro entre los años 1959 y 1968 fueron expoliados todos los inversionistas que habían garantizado hasta entonces los insumos para la industria local, las producciones, las realizaciones de los productos en el mercado, la capitalización y las nuevas inversiones. Los productos de la música cubana, al igual que el café, el tabaco y el ron, que se habían posicionado en todos los mercados, dejaron de producirse en Cuba en las cantidades suficientes para suplir la demanda, y los productos de la música cubana fueron abandonando el nicho que habían ocupado desde el siglo XIX, descapitalizándose la industria. Además de abolir la propiedad privada y descarrilar el sistema económico capitalista para implantar un sistema de economía planificada, la disidencia política fue motivo de persecuciones a los artistas y de censura a sus obras, que dejaron de presentarse en público por todos los medios hasta hoy. El sistema no capitalista hizo colapsar la industria, y la persecución política hizo colapsar el talento artístico y terminó por convertirse en un verdadero genocidio cultural.
La apropiación estaba echada
Sin embargo, dos siglos de posicionamiento de los productos de la música cubana en los mercados habían provocado que músicos de los cuatro puntos cardinales se apropiaran de los géneros creados en Cuba. Johnny Pacheco, uno de los músicos que en Nueva York había sido absorbido por las influencias de los géneros de la música cubana y quien había hecho apropiación de estos, en 1960 firmó con el sello Alegre y un año después consiguió vender más de cien mil copias de su disco Pacheco y su Charanga, en el que vuelve a hacer uso de los géneros de la música popular cubana, como se puede apreciar en todas las piezas del disco, entre ellas, «Soy de Batabanó» y «El agua del Clavelito», esta última un chachachá que, según registra Cristóbal Díaz Ayala, compuso M. A. Pozo y que la Orquesta Aragón había grabado por primera vez para la Victor en 1953.
En 1964 Johnny Pacheco y Jerry Masucci crearon la disquera Fania Records y grabaron su primer disco titulado Mi nuevo tumbao… Cañonazo, en el que cambia la orquesta charanga por el conjunto, un tipo de agrupación también creada en Cuba y que integran trompetas, piano, contrabajo y percusión, derivada de los septetos y sextetos de son, lo que es posible escuchar en la pieza que le da título a ese disco. Para ese mismo año, Charlie y Eddie Palmieri también habían dejado el formato de charanga y habían integrado una orquesta con trompetas y trombones más en el estilo de los conjuntos cubanos o las bandas de jazz, como es posible escuchar en la pieza «Palo pa rumba», en la que se interpreta una rumba cubana.
En 1968 Johnny grabó con la Fania un disco en vivo en el Red Garter que incluyó la pieza «Cómo me gusta el son», en el más claro estilo del son montuno cubano como se puede escuchar; además, en el texto del son también se utilizan topónimos y se mencionan tipos cubanos. Otro importante paso de la Fania, en su camino para monopolizar el mercado que hasta hacía poco tiempo había que compartir con las disqueras que distribuían los discos cubanos, fue la producción del documental Nuestra cosa latina, en el que aparece la pieza «Quítate tú pa ponerme yo», tema que apareció en los momentos en que se iba imponiendo la palabra salsa para referirse a lo que poco antes se había conocido como rumba, son, chachachá, mambo, etc. Es como si la salsa le estuviera diciendo al son: «Quítate tú pa ponerme yo».
Izzy Sanabria y la resignificación de la música cubana con la palabra salsa
Durante la década del 70 del siglo XX, mientras la industria musical cubana expiraba y la palabra salsa se abría paso en el mercado, un nuyorican nacido en Mayagüez y criado en Nueva York, quien muchos años atrás había diseñado la carátula de un disco de Chapotín para el sello Panart de La Habana, llamado Izzy Sanabria, era el presentador de la Fania y diseñador gráfico de las carátulas de sus discos. Tuvo un show de televisión, fundó la revista Latin New York y el premio de música latina de la propia revista. Y a través de todos estos medios, con gran eficacia, fue resignificando los géneros de la música cubana entre el público latino de Nueva York.
Izzy Sanabria fue explicándoles que aquella música que escuchaban procedía de África, del barrio latino, de Europa, de los indios y que se llamaba salsa; pero, según mi criterio, la palabra salsa termina por posicionarse definitivamente en el mercado como nombre de marca de los géneros de la música cubana a consecuencia del eficiente trabajo de marketing que tuvo la película documental titulada Salsa. Este filme comenzó a grabarse el 24 de agosto de 1973 en un concierto en el Yankee Stadium en el que participarían las estrellas de Fania, la Típica 73 y Mongo Santamaría; pero ese concierto no se pudo terminar a consecuencia de los desórdenes provocados por el público, y fue necesario terminarlo el 18 de noviembre del mismo año en la inauguración del estadio Roberto Clemente de San Juan, Puerto Rico. Se grabaron dos álbumes que salieron rápidamente al mercado, y el documental se estrenó en 1976. En los dos fonogramas y en el documental titulado Salsa, el repertorio que interpreta la Fania está integrado por piezas que pertenecen a los géneros de la música popular cubana, entre ellos, rumba, son y guaracha.
Como ya he mencionado, los productos de la música popular profesional se habían descapitalizado en Cuba a consecuencia del expolio de todas y cada una de las partes que componían la industria, y paralelamente la Fania comenzó a capitalizarlos y resignificarlos; finalmente, el público latino de Nueva York les dio un nuevo significado a la rumba, el son, la guaracha, la pachanga, el bolero, y los compró con el nombre de marca salsa.
De último lo último
Después de 1959 la industria de la música cubana dejó de regirse por las leyes de la oferta y la demanda y perdió todos los incentivos para producir riquezas, como lo había hecho durante más de dos siglos. Los géneros musicales creados en Cuba durante la Colonia y la República perdieron sus mercados a consecuencia de la descapitalización que provocó la abolición de la propiedad privada en la isla. Cuba dejó de ser el centro de la industria de la música en el Caribe, y La Habana dejó de ser su escaparate. Los inmigrantes caribeños en Nueva York se apropiaron de esos géneros, los capitalizaron y resignificaron, colocándolos así en el nicho de mercado que había ocupado la música cubana.
La salsa, a través de un largo proceso, se convirtió en la música representativa del Caribe hispano, por la apropiación, resignificación y capitalización que los productores y consumidores latinos residentes en Nueva York hicieron de los géneros de la música popular profesional creados en Cuba durante la primera mitad del siglo XX. (Fin)l
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(*) Historiador. Master en investigación musical por la Universidad Internacional de Valencia, España. Miembro Correspondiente de la Academia de la Historia de Cuba en el Exilio (AHCE). Licenciado en Música por la Universidad de las Artes de Cuba. Contrabajista Principal de la Orquesta Sinfónica Nacional de la República Dominicana.
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