Siete al anochecer (10)

Desiderio Arias.

El Jefe se lo dio todo

Con su natural desprendimiento y generosidad se lo dio y se lo ofreció todo, lo colmaba de honores, se hacía acompañar de él en los grandes desfiles militares, en las conmemoraciones de nuestras gloriosas fechas patrias, le hacía las más finas distinciones, le concedía toda su admiración y respeto. Pero Desiderio era un malagradecido, un envidioso, un engreído. Él hubiera querido ser el elegido. Elegido como el querido Jefe casi por voluntad popular. Él ansiaba ocupar el cargo que no se había ganado. Lo cegó su ambición, su ceguera lo condujo a la traición. Decidió obtener por la vía de las armas lo que no podía conseguir con el voto de todo un pueblo y esa fue su perdición.

Mis hermanas y yo éramos casi niñas, pero todavía recordamos con lágrimas en los ojos aquellos titulares que aparecían en los diarios, la cotidiana información sobre la rebelión del general Desiderio Arias contra el gobierno legalmente constituido. La consternación de todo un país ante tamaño despropósito.
!Ay, qué general!

El último caudillo
(primera parte)
Desiderio Arias fue el Caudillo más levantisco y fogoso que tuvo el país durante las primeras tres décadas del siglo XX.

Hay quien le atribuye ser responsable de la intervención yanqui de 1916 a causa del desorden que se creó cuando se levantó contra Jimenes, y otros no le perdonan el apoyo que brindó aTrujillo durante el sangriento proceso de su ascensión al trono presidencial, pero en uno y otro caso no fue más que una ficha del ajedrez político de la época.

El caudillismo era una forma y un estilo de vida que tenía por meta el poder y en algunos casos fue alimentado, financiado por la misma potencia que lo usaría como pretexto para intervenir tanto en Santo Domingo como en Haití. Muchas de las famosas revueltas, que llamaban entonces revoluciones, las dirigían caudillos que se otorgaban o se ganaban el título de general y tenían un carácter anarquista y oportunista, pero en incontables ocasiones eran movidas por ideales patrióticos.

Si acaso alguna vez Desiderio Arias se equivocó de bando o de bandera, si alguna vez peleó por ambición, como cuando se alzó contra Jimenes o en la llamada revuelta o revolución del ferrocarril, lo cierto es que al final rectificó, se redimió al final, si acaso necesitaba redimirse, cuando escogió la lucha armada en la manigua para enfrentarse a Trujillo, para cumplir su destino de guerrillero heroico en desigual contienda. Ese es el gran final que lo define. El valor a toda prueba, la oposición a la naciente tiranía, el levantamiento armado al cual se vió en parte comprometido y en parte obligado por las circunstancias.

Las relaciones entre Desiderio Arias y Trujillo nunca fueron estables, eran producto de ciertos acuerdos políticos que llevaron al primero a convertirse en senador y al segundo en presidente. Hay que suponer que Trujillo desconfiaba, recelaba de aquel hombre cuya fama de valiente y de rebelde lo precedía, y hay razones para pensar que Desiderio conocía, empezaba a conocer o por lo menos a intuir el fondo oscuro, la naturaleza tenebrosa del despiadado y traicionero brigadier y sabía a qué atenerse.
Empezaría a distanciarse poco a poco, alarmado por las muertes de Larancuent y Bencosme en septiembre y noviembre de 1930, y sobre todo a partir del momento en que Trujillo dio a conocer su intención de formar un partido único.

Desiderio se opuso públicamente al proyecto, dando a conocer en octubre del mismo año de 1930 una carta en la que llamaba a la militancia del Partido Liberal a cerrar filas, a mantener la fidelidad y la cohesión partidarias. Fue el único político de relevancia que se atrevió a hacerlo, y su atrevimiento provocó una reacción que tuvo terribles consecuencias. Sus relaciones con Trujillo se agriaron, se enrarecieron, se pusieron tensas. Aun así se mostró sorprendido cuando las autoridades procedieron a hostigarlo, a fastidiarlo, a hacerle la vida difícil o más bien imposible, a conducirlo por el despeñadero.

De ahí en adelante vivió al salto de la mata, en la cuerda floja, en permanente zozobra. Acudió entonces en busca de consejo y ayuda o protección a la legación norteamericana, donde no era persona bien vista. Desiderio se había opuesto a la intervención de 1916, había entregado armas a sus seguidores, había llamado al pueblo inútilmente a enfrentar al invasor en una lucha a muerte, y durante los ocho años que duró la ocupación estuvo en capilla ardiente, vigilado permanentemente por espías del imperio que -como cuenta Rufino Martínez- tenían órdenes “de darle muerte en viéndole traspasar las afueras de la ciudad de Santiago, donde residía”.

Además había sido acusado muchos años antes de contrabando de armas y mercancías por la frontera, de perjudicar en consecuencia la recaudación de las aduanas, que estaban en manos del imperio. Un alto funcionario del mismo imperio lo había considerado alguna vez un forajido. Otra vez, en otro tiempo, otro alto funcionario igualmente imperial había dicho por escrito que su eliminación física era oportuna y prudente, “el principal requisito para una paz permanente en la República Dominicana”.

Los intereses de la legación norteamericana y el general Trujillo con relación a Desiderio Arias eran, pues, coincidentes, más o menos los mismos, y, en consecuencia, las gestiones que hizo para conseguir amparo o protección fueron, básicamente, un fracaso.

En tales circunstancias, Desiderio escribe al brigadier una carta en la que traduce su desconcierto y sus temores, su real o aparente desconcierto:

“Ante la situación, para mí inexplicable, en que me encuentro frente a usted me valgo de esta carta, puramente privada, para pedirle que me oiga algunas explicaciones, si son necesarias, o que usted me las dé a mí ya que ignoro de la manera más sincera los motivos que originan el distanciamiento que nos separa hasta en nuestras relaciones personales. Quiero que si usted tiene algo sobre lo cual pueda acusarme que me lo diga para salir de este mar de dudas en que vivo y hasta para su propia satisfacción si una explicación de mi parte le convence de la lealtad con que he venido sirviendo al Gobierno y a usted”.

A manera de respuesta el senador fue arrestado y conducido gentilmente en presencia deTrujillo. A raíz del encuentro, ambos contendientes volvieron a ser amigos públicamente, sólo públicamente, bajo presión o amenaza de seguro.

Desiderio Arias se comprometió o fingió que se comprometía a pronunciarse a favor de Trujillo, pero en cuanto tuvo una oportunidad cogió las de Villadiego, se esfumó provisionalmente, se refugió según se dice en Haití.

Por alguna razón que parece inexplicable regresó al poco tiempo, se dejó ver entre enero y marzo de 1931 en compañía de Trujillo, participó junto a éste en el desfile militar del 27 de febrero. Pero todo era un teatro, una ficción. El veterano luchador sabía que su vida estaba en peligro y decidió abandonar la capital, su cargo y sus enseres, abandonar al brigadier que tanto lo quería, y a finales de abril buscó refugio en sus tierras de la Línea Noroeste, el escenario de tantas batallas juveniles. Se atrincheró, como quien dice, en sus posesiones de Mao, en la prudente cercanía de la sierra y de la gente que tanto conocía.

Bibliografía
Ángel Berto Almonte, “La muerte del general Desiderio Arias”. (https://elnacional.com.do/la-muerte-del-general-desiderio-arias/).
Bernardo Vega, “Desiderio Arias y Trujillo se escriben”.
Francisco M. Berroa Ubiera, “Las rebeliones contra Trujillo del general Desiderio Arias”, (http://notihistoriadominicana.blogspot.com/2012/11/las-rebeliones-contra-trujillo-del.html).
Manuel Rodríguez Bonilla, “Muerte de Desiderio Arias”, (https://mao-en-el-corazon.blogspot.com/2014/05/muerte-de-desiderio-arias.html).
Rufino Martínez, “Diccionario biográfico-histórico dominicano, 1821-1930”.

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