El prejuicio basado en el peso se ha convertido en una de las formas de discriminación más frecuentes y admitidas
Para Marc Caballero Bartolí, nutricionista clínico y dietista, basta con abrir el diccionario para darnos cuenta de la realidad de las personas que viven con obesidad. La Real Academia Española define estigma como “marca hecha en la piel con un hierro candente” o “nota infamante”, y a su juicio esa definición describe lo que viven las personas con obesidad, una enfermedad crónica que hoy afecta a más de 1.900 millones de adultos en el mundo.
Esa “mala fama”, dice el especialista del Hospital Clínic de Barcelona (España), funciona como una barrera que alcanza la salud, la economía y los derechos humanos de quienes la padecen. Lejos de motivar, se asocia con un riesgo de 32 % mayor de desarrollar depresión y ansiedad. Asimismo, Caballero señala que el 78 % de los pacientes reporta problemas de estrés postraumático derivados de experiencias de rechazo, que además generan aislamiento y baja autoestima.
Lo que ocurre en la consulta
El problema llega hasta el consultorio. “Un dato alarmante es que el 74 % de los pacientes se ha sentido maltratados por profesionales sanitarios. Muchos médicos sostienen sesgos negativos, viendo a los pacientes como perezosos o incumplidores”, describe Caballero Bartolí. El resultado es que muchos evitan o retrasan las consultas por miedo al juicio, y terminan con diagnósticos tardíos de enfermedades graves.
La explicación que se pasa por alto
Detrás de ese trato, explica el especialista, hay una idea muy extendida y equivocada; que el peso depende de la fuerza de voluntad. La evidencia científica indica que “comer menos y moverse más” es una narrativa simplista, porque las variables que determinan el peso son en su mayoría físicas y bioquímicas y escapan al control consciente de la persona. Estudios científicos muestran que los genes asociados a la ingesta de alimentos se expresan sobre todo en el sistema nervioso central, en el hipotálamo, por lo que el apetito y la saciedad están “más allá del control de la voluntad”.
La biología humana, añade, está hecha para sobrevivir a la escasez. Durante milenios, acumular grasa fue una ventaja genética. En el último siglo y medio cambió el mundo, que ya no es de cazadores recolectores ni de personas con trabajos mayormente físicos, y hoy abundan los alimentos ultraprocesados de bajo costo mientras se mueve poco el cuerpo. El organismo todavía no se adaptó a ese cambio.
Por eso, cuando alguien hace dietas restrictivas y come mucho menos, el cuerpo reacciona con una “respuesta biológica compensatoria potente”. Las señales de hambre aumentan de forma drástica y el metabolismo baja, para defender las reservas de energía. Esos cambios pueden mantenerse años después de la pérdida de peso inicial, lo que explica que recuperar peso sea la norma biológica y no un “fracaso” personal.
¿Cuáles son las recomendaciones?
La Federación Mundial de la Obesidad (WOF) y otros expertos proponen evitar los adjetivos. En lugar de “paciente obeso”, “persona con obesidad” o “persona que vive con obesidad”. “Así como no decimos ‘canceroso’ sino ‘persona con cáncer’, porque la persona no se define por la enfermedad que tenga”. También recomiendan cambiar “obesidad mórbida” por “obesidad grave”, y “fracaso en el tratamiento” por “falta de respuesta al tratamiento”. La WOF insiste en dejar atrás el lenguaje de guerra, como “la guerra contra la obesidad” o la “carga de la obesidad”, porque esas metáforas presentan a las personas con obesidad como un enemigo o un problema que eliminar, y refuerzan la vergüenza y la culpa.
