Desde los tiempos en que Juan Bosch ya no pudo aspirar, en el PLD casi se hizo un protocolo inviolable que los precandidatos o aspirantes iban -después de ser propuestos y refrendados por un mínimo de un 33% de los miembros Comité Central- organismo por organismo; o como ahora por barrios, provincias, comarcas, circunscripciones y seccionales a exponer sus propuestas programáticas o plataforma de gobierno y, de paso, dejar constituida su base de apoyo interno o equipo de promoción o campaña a los fines de ganar primarias -abiertas, semi-abiertas o cerradas-, asambleas eleccionarias o acuerdos sobre consenso vía encuestas que arrojan simpatía o proyección (posicionamiento) hacia afuera.
Esos métodos -uno de ley y otros de refrendación interna-, de alguna manera, siguen teniendo vigencia y validez en el PLD. De modo que, hasta ahí, todo va bien; pero cuando algún aspirante comienza a querer romper con esa tradición, de que cada uno pueda aspirar y hacer sus propuestas (ya individual o en contraparte-debate), para cambiar las reglas juego y, de paso, enrostrar falencias o querer descalificar, directa o indirectamente, a otro aspirante alegando impedimentos de cualquier índole, entonces estamos, más que compitiendo, ante una suerte de descalificación sutil o “debate” estéril. Es decir, pretender, quiérase o no, sacar de carrera a otro aspirante por simple presunción (lo que fuera). Y eso, al menos en el PLD, no es de buena lid.
Encima, querer sacar a otro aspirante dejando entrever, explícito o no, que no está preparado por tal o cual razón, viene hacer la vía más expedita para abrir fisuras o cuando no heridas internas que restan y desaniman. Algo que, afín de cuentas, a nadie beneficia.
De modo que, al PLD, en su situación actual -que va en crescendo-, no le luce enfrascarse en una lucha de aspiraciones signadas por la descalificación disfrazada de promoción de democracia (el debate debe ser opcional o de consenso, aunque tenga su costo subjetivo hacia afuera o hacia adentro) sino por la vía del protocolo tradicional -propuestas- para asegurar, al final del proceso, un partido unificado en torno al aspirante que la mayoría escoja a su libre albedrío o simpatía sin dedazo ni descalificación alguna. Y si algún aspirante o precandidato se viera compelido a salir de competencia que sea por razones externas y no internas.
Visto así, no hay que tener miedo ni coincidir con la estrategia del adversario. Dejemos, pues, que todo el que quiera aspire y que sea la mayoría, vía primarias u otras modalidades, las que hablen y no repitamos el error histórico-estratégico del 2019 que protagonizó un expresidente, aun cuando tuvo de antecedente a otro expresidente que no se fue del partido y aguantó “callao”, a pesar de que alegó “…el Estado lo venció” y en 2012 -luces y sombras- hizo los dos gobiernos de más impacto social-estructural que los organismos internacionales registran en el país (2012-2020). Y entonces, ¿vamos a repetir la historia? !Por favor!
Finalmente o habidas cuentas, como dijo alguna vez mi aspirante favorito: “Tengamos cuidado de hablar mal del camello”. Eso, no lo olvidemos, pues lo más trascendente, ahora mismo -y para el PLD-, es unidad y armonía.
