Las elecciones no se ganan en las encuestas

Porque manejar una campaña desde una encuesta puede crear una peligrosa sensación de victoria antes de tiempo.

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Por Yoselin Reyes

En política existe una peligrosa costumbre: confundir una encuesta con una elección.
Cada vez que aparece una medición favorable, algunos equipos políticos sacan pecho, celebran anticipadamente y actúan como si las urnas ya hubieran hablado. Pero una encuesta no deposita un solo voto. No moviliza un barrio. No convence a un indeciso. No organiza un colegio electoral.
Las encuestas miden; las estructuras políticas trabajan.

Y esa diferencia puede ser determinante.

Una fotografía favorable del escenario político puede generar titulares, entusiasmo y conversación pública, pero ninguna encuesta sustituye el trabajo territorial. La política electoral no se construye únicamente en redes sociales, estudios de opinión o reuniones de oficina. Se construye en las calles, en los barrios, en las comunidades y en cada espacio donde un ciudadano decide si confiar o no en un proyecto.

El problema comienza cuando algunos dirigentes terminan creyendo más en los números que en su propia capacidad de organización.

Porque manejar una campaña desde una encuesta puede crear una peligrosa sensación de victoria antes de tiempo.

La política no es una competencia de quién aparece mejor en una gráfica. Es una competencia de quién logra construir una organización capaz de llegar a la gente y convertir respaldo en participación electoral.
Un proyecto puede tener reconocimiento, simpatía y buenos niveles de conocimiento público, pero si detrás de esa imagen no existe una estructura organizada, el resultado puede ser muy diferente cuando llegue el momento de votar.

Por eso, de cara a cualquier proceso electoral, la pregunta realmente importante no debería ser únicamente: ¿cuánto marca mi candidato?

También habría que preguntar:

¿Cuántos dirigentes tenemos trabajando? ¿Cuántos equipos territoriales están activos? ¿Cuántas comunidades estamos visitando? ¿Cuántos ciudadanos estamos escuchando? ¿Qué liderazgo tenemos en cada demarcación?

Esas preguntas no siempre producen titulares. Pero son las que ayudan a entender la dimensión real de un proyecto político.

Las elecciones tampoco se ganan exclusivamente desde las capitales, los estudios de televisión o las redes sociales. Se disputan territorio por territorio, comunidad por comunidad y, finalmente, colegio por colegio.
Por eso las estructuras importan.

Una estructura política sólida no aparece cuando comienza oficialmente una campaña. Se construye mucho antes. Se alimenta de organización, disciplina, liderazgo, comunicación y contacto permanente con la ciudadanía.

El que comienza a organizarse cuando empieza la campaña, probablemente ya llegó tarde.
Las encuestas seguirán existiendo y seguirán siendo una herramienta útil para conocer tendencias y percepciones. Pero hay que colocarlas en su justa dimensión: son instrumentos de medición, no certificados de victoria.

La historia electoral está llena de escenarios que parecían definidos y terminaron cambiando.
Por eso, sería un error que cualquier proyecto político se duerma sobre una encuesta favorable. Y también sería un error ignorar una medición desfavorable. Ambas deben servir para analizar, corregir y trabajar.
Porque al final hay una realidad que ninguna metodología puede sustituir:
el día de las elecciones no votan las encuestas. Votan los ciudadanos.

Y cuando se cierren las urnas, no ganará quien haya celebrado más una encuesta, sino quien haya logrado construir la organización, el liderazgo y la confianza suficientes para que su propuesta llegue efectivamente a los electores.

En política, los números pueden alimentar el ego.
Las estructuras construyen resultados.

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