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Por muchos factores, convivimos en la ciudad capital, con creciente cantidad y diversidad de avecillas urbanas. Con inclinación natural “poseo” infinidad de ellas, con jaula del tamaño del alcance de su vuelo, en absoluta libertad. Se evidencia que la “cultura” infantil de cazar todo lo que se mueva, ha cambiado.

Son visitantes obligados antes de que el sol termine de despertarse, en el pequeño patio, del “milagro” de cada día. El peculiar intercambio de miradas: las mías, curiosas y admiradoras… las del caleidoscopio de alas que han hecho del mío sus espacios: temerosas a pesar de que nadie les espanta, más que sus propios instintos y miedos.

Puntilla de arroz que engullen como desesperados, es el manjar que procuran, confiados de que muy temprano estará servido para ellos.

Si ocurre un retraso, los más osados penetran al área donde se almacena, recordándonos el “compromiso”.

Las rolas (Columbina Talpacoti); decenas de aquellos animalejos de cantos quejumbrosos, las que su hábitat natural coincide con gran parte de la casa, son las primeras en llegar al festín. Comen todo el día y a toda hora.

Al rato aparecen los “rolones” o tórtolas (Zenaida asiática), rabilargos, ala blanca, cuyo número ha ido en aumento de manera sistemática; hacen un particular sonido silbante al levantar vuelo, asustadas, con el menor ruido. Comelonas activas, parecen primas pardas de las palomas de nuestro ambiente urbano.

Los más activos y abundantes son los Madam Sagás (Ploceus Cucullatus) con su brillante amarillo y negro, de recio pico, ojos rojos y actitud agresiva. De hermosísimo y agudo canto, llena de sus nidos tejidos todo espacio disponible.

Incansables tejedores que se suponen migratorios y copiando de los humanos del lado oeste, se han establecido aquí para quedarse, donde hay comida segura y abundante.

Identifico uno que otra de las aves no autóctonas; el “black hooded bishop”, uno de tantos finches (pinzones) que se han adaptado al hábitat criollo; curioso entra a la casa y dando brinquitos busca migas cerca de la mesa de comer.

Unas avecillas de plumaje verdoso brillante, numerosas en bandadas, son las más atrevidas en sus alegres y desordenados picotear.

Me sorprendió una pareja de Chinchilines (Quiscalus niger), aves de negro plumaje brillante, de precioso y agudo canto, animales que no abundan en el hábitat capitalino.

Los pericos de El Embajador que “patrullan” la ciudad completa en busca de frutas, se deleitan con los mangos banilejos del vecino. Muerden uno y cuando regresan “atacan” otro con estridentes gritos de alarma, llamando al “grupo”.

Un Pájaro Bobo (Saurothera longitostris) con su plumaje pardo-gris y “mamey”, pico largo, de vuelo corto y torpe persigue “alagartos” descuidados; no come semillas, pero es parte del ambiente.

Tres ruiseñores que en ocasiones buscan los insectos de su dieta y unas ciguas palmeras que ante tanta actividad, procuran frutas, para llevar comida a los pichones del nido colectivo que han construido en un poste de luz.

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