Beneficiándose de la guerra de los otros

Los temores de una guerra comercial generalizada impulsada desde Estados Unidos se van disipando. Parece ir quedando claro que México, Canadá y los países de la Unión Europea son objetivos menores del gobierno de Estados Unidos y que el objetivo estratégico es China.

La renegociación del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN, o NAFTA por sus siglas en inglés) parece estar terminando y “el peor acuerdo económico de la historia”, según Donald Trump, será modificado apenas lo suficiente como para que el Presidente de Estados Unidos hable de una gran victoria de su gobierno. Ya lo está haciendo, aunque con poco éxito.

México cedió algo en la principal demanda estadounidense: reducir la proporción del valor de las partes de los automóviles fabricadas fuera de los países que conforman el acuerdo. Esto encarecerá algo los automóviles fabricados en México en el mercado de Estados Unidos, lo cual reducirá las ventas. Como consecuencia, ampliará un poco el espacio para los automóviles fabricados en Estados Unidos e incrementará la producción de partes estadounidenses para exportar a México. Además, el acuerdo se actualizará al incorporar temas vinculados a la economía digital e incorporará cláusulas de revisión periódica. Sin embargo, en ningún caso se trata de una modificación significativa, y los efectos seguramente serán pequeños, aún en los estados donde Trump tiene bases electorales fuertes.
Igualmente, la disputa comercial con la Unión Europea está siendo resuelta, lo que apunta a que el ruido inicial fue sólo eso.

China: el objetivo estratégico

Aunque la impulsividad y falta de reflexividad de Trump continuarán gravitando, generando riesgos e incertidumbre, se va haciendo evidente que la tensión primordial, tanto en términos económicos como tecnológicos, es con China. Y esto tiene sentido en la medida en que China es el único país que puede alcanzar en el futuro la capacidad de desafiar la hegemonía económica, tecnológica y política de Estados Unidos. De allí que sea entendible que el gobierno estadounidense ponga énfasis en contener a ese país y recurra al comercio como arma.

Todo lo anterior sugiere dos cosas. Primero que, en lo fundamental las reglas comerciales globales no sufrirán cambios significativos y que la guerra quedará circunscrita a la relación bilateral entre China y Estados Unidos. Esto supone que no habrá reversión generalizada de la apertura comercial global, que los costos de comerciar no subirán, y que se mantendrá el carácter transnacional de una parte significativa de la producción mundial. Esto quiere decir que las llamadas cadenas globales de valor continuarán explicando una parte importante de la producción mundial de manufacturas. En estas cadenas, los productos se fabrican pasando de país a país. En cada uno de ellos, los insumos pasan por procesos muy específicos de transformación hasta lograr el producto final. Para que esas cadenas funcionen, se necesita que las barreras al comercio sean bajas. Se estima que en la actualidad más del 10% del PIB mundial se produce en cadenas globales de valor.

Segundo, que la discordia con China irá para largo, que el espectro de productos a los que ambos países impondrán barreras podría crecer mucho, y que el comercio entre ellos sufrirá cambios importantes. Como destacó un reciente artículo aparecido en el Financial Times, ambos países parecen determinados a no dar su brazo a torcer. Trump quiere demostrarle a su base que habla en serio respecto a lograr que los empleos vuelvan a Estados Unidos, aunque sea algo que difícilmente logre porque tiene más que ver con cambios tecnológicos y de ventajas relativas de los países que de reglas de comercio. Paradójicamente, en este momento, el desempleo en ese país es de menos de 4%, un mínimo histórico. Por su parte, el presidente chino Xi Jinping está muy comprometido con fortalecer y expandir la influencia económica y política de su país en el mundo y está haciendo una apuesta muy fuerte por transformar a China en un país líder en tecnología y en tener una participación destacada en las industrias del futuro. Se trata de una cuestión de orgullo nacional.

Por fortuna, este escenario de guerra focalizada es uno benigno para países como la República Dominicana, y presenta beneficios inmediatos y oportunidades que no deberían escaparse.

Beneficios en el comercio

Cuando un país grande, con un peso importante en la demanda mundial de algún producto, impone aranceles, lo esperable es que los precios internacionales de los productos gravados se reduzcan porque los aranceles elevan los precios internos de esas mercancías haciendo que la demanda se reduzca. Esto crea un excedente de producción, lo que deprime los precios. En el caso de las exportaciones de Estados Unidos, los aranceles chinos pueden contribuir a que los precios internacionales de los alimentos como las grasas comestibles, el trigo, los productos cárnicos y los lácteos se reduzcan. Eso beneficia a los demandantes de ese tipo de productos en el país, alivia la situación de la balanza de pagos y reduce presiones sobre el mercado cambiario, en un momento en que los precios del petróleo generan tensión. Desafortunadamente, precios más bajos de los lácteos y otros alimentos pueden afectar negativamente la producción nacional.

También puede contribuir a reducir los costos y los precios de algunos productos que se fabrican en el país con este tipo de insumos e incrementa la posibilidad de exportarlos. Además, en algunos casos, la guerra de aranceles entre esos países abre oportunidades para ocupar espacios comerciales dejados por el socio afectado. Pero esto está sujeto a que el país cuente con oferta exportable. Lamentablemente, los productos que el país exporta a Estados Unidos y a China no son los que esos países comercian entre ellos.

El colega y amigo Héctor Guilliani Cury provee una discusión detallada de estos posibles efectos en “En RD, ¿quiénes ganan y quiénes pierden con la guerra comercial entre países industrializados?” publicada por el portal financiero Argentarium.

Oportunidades de inversión

No obstante, hay consenso en que donde hay más oportunidades es en las inversiones dirigidas a la exportación. Esto se debe a que empresas chinas ya están buscando escapar de las barreras estadounidenses reubicando su producción en países como Vietnam, mientras las de otros países que tenían planes de instalarse en China, están buscando otros destinos. La República Dominicana puede ser uno de ellos.

Aquí, la pregunta es si alguna parte de la producción china que se exporta al mercado estadounidense se puede reubicar en el país. Una primera aproximación a la respuesta se puede hacer identificando aquellos productos exportados por China a Estados Unidos y que la República Dominicana también exporta. Esto no da una respuesta completa porque hay que ponderar los productos específicos que cada país exporta (más allá de las clasificaciones agregadas), identificar si a esos productos le fueron o le serán impuestos aranceles, los costos y precios a que se colocan, y los procesos productos específicos que toman lugar para conocer las posibilidades de replicarlos en el país.

No obstante, de los 30 grupos de productos de mayor peso en las exportaciones chinas a Estados Unidos, los cuales explican el 58% del total, hay cuatro grupos que la República Dominicana también exporta a ese mercado. Esos son, en orden de importancia para el país: calzados con suela de caucho y de plástico; jerseys y pullovers; artículos de plástico diversos; y vajillas y otros artículos de plástico y de uso doméstico. En 2016, China exportó a Estados Unidos casi 25 mil millones en esos productos. Eso fue equivalente a casi 5% del total de las exportaciones chinas a ese mercado.

En comparación, las exportaciones dominicanas de esos mismos productos a Estados Unidos en 2017 fueron de poco menos de 420 millones de dólares. Esto fue equivalente al 12% de las exportaciones totales hacia ese país y a menos del 2% de las exportaciones chinas de esos mismos productos a ese mismo mercado. Las de calzados fueron de unos 230 millones, las de jersey y pullovers fueron de 96 millones, las de plásticos de 71 millones y las de vajilla y otros artículos plásticos de 36 millones.
Si se quiere sacarle provecho a la coyuntura y atraer inversiones para exportar y generar empleos, hay que empezar por identificar las actividades que sufrirán en China y que son proclive a moverse hacia otros países.

Ciertamente, el objetivo de largo plazo no es exportar más confecciones textiles o productos plásticos sino productos con más contenido tecnológico, más valor agregado, que demanden mayores habilidades laborales y que paguen mejores salarios.
Para ello, hay que atraer empresas cuyas actividades contribuyan a aumentar el aprendizaje y a lograr transformaciones productivas más profundas.

No obstante, sería imperdonable dejar pasar la oportunidad.

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