Cuento de Navidad, de Bosch

“Más allá del cielo que ven los hombres había otro cielo”, donde vive el Señor Dios. El cual, disgustado, caminaba de un lado a otro del cielo, y cada paso era “como de cincuenta millas”, “a sus pisadas temblaba el gran piso de nubes y se oían ruidos como truenos”.

Desde allí, según el profesor Juan Bosch en su bello “Cuento de Navidad”, el Señor Dios miraba su creación consternado por la forma en que iban las cosas, pues no era como él lo había planeado: Guerras, odios, recelos interminables entre los hombres: “Nadie se conformaba con lo suyo y cada quien quería lo de su vecino”. Por eso se cansó el Señor Dios de tanta maldad “y desató el diluvio” para ahogar “a todo bicho viviente, con la excepción de un anciano llamado Noé”.

Pero tiempo después, tras un sueño del Señor Dios, la tierra estaba otra vez igual que antes. Los hombres “se mataban entre sí, se robaban, se hacían la guerra”. Por lo que decidió enviar a los hombres “un maestro que les enseñe a conducirse”. Y luego de pensarlo, decidió que ese maestro sería un hijo de él, que predicase “en ese mundo de locos la ley del amor, la del perdón, la de la paz”.

El problema era encontrar una mujer merecedora de ser la madre de su hijo. Y buscó en grandes ciudades hasta que encontró “a una mujer que arreaba un asno”, “en un camino que llevaba a una aldea llamada Nazaret”. Bosch nos recuerda que “el Señor Dios… sabía que se llamaba María, que era pobre y laboriosa, que tenía el corazón lleno de amor y el alma pura”. En esa sencilla, -ricamente sencilla-, mujer, decidió el Señor Dios encender la esperanza.

Ese nacimiento no trae ejércitos ni decretos. Trae una llama distinta, pequeña y persistente, capaz de arder sin destruir. No es el fuego que arrasa ciudades ni el que purifica a la fuerza; es el fuego que calienta y alumbra. Una brasa que no grita, pero insiste. Suave, persistente, “quemando por abajo”.

La Navidad, desde entonces, no ocurre en el cielo, sino en la conciencia de cada hombre. En el momento en que comprende que la paz no se conquista, se elige. Y, obviamente, se cuida y se practica a diario.

Pero esa luz no irrumpe; espera. Enseña, pues era un Maestro, pero no obliga a ser bueno ni clausura la violencia por decreto, imponiendo la paz. Se posa, más bien, en lo profundo del alma humana, esperando ser asumida. El Señor Dios -como sugiere Bosch- no desciende para mandar, sino para arriesgarse a ser ignorado, a ser negado, a ser herido por aquellos mismos a quienes ofrece amor.

La Navidad es un tiempo de reflexión en la paz y solidaridad humana. Que es posible si la sentimos. Aunque tengamos puntos de vista distintos sobre muchas cosas, porque, como dice Bosch: “Cuatro personas vieron el lucero y se sintieron atraídas por él, cada una, desde luego, según su manera de ser, pues no todo el mundo es igual”.

¡Tremendo cuento del profesor Bosch!

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