Cuqui Batista, la ciudad queda sin su arquitecto

Luis Córdova
Especial para elCaribe

La vida y la obra de Cuqui Batista forman una línea recta, coherente y diáfana, como las que tantas veces trazó sobre su mesa de dibujo.

Su partida ha cerrado las páginas de un libro siempre abierto a la consulta. También interrumpe una conversación inagotable con un hombre que parecía un archivo vivo de la arquitectura, la política y la memoria urbana dominicanas.
Fue una vida fecunda, expresada en el amor a los suyos, en el respeto de una sociedad que celebró con él su centenario y en la veneración por una ascendencia profundamente arraigada en ese Santiago que de a poco vamos perdiendo.

La sensibilidad y el compromiso nacidos de su cercanía con hombres y mujeres del Movimiento Revolucionario 14 de Junio permanecieron siempre en él, porque lo suyo era de convencimiento, no de poses. Y aunque nunca se mezcló con organizaciones políticas, supo trabajar con quienes discreparon de lo accesorio de las ideologías pero que convergieron en un mismo objetivo: desarrollar urbanísticamente el país.

Su talento debió desenvolverse incluso entre las exigencias del poder trujillista. Contaba que el propio Ramfis —“el general Trujillo hijo”, como solía llamarlo— insistió en incorporarlo a su círculo, pretensión que supo eludir sin renunciar al ejercicio profesional.

El diseño del Palacio de Bellas Artes basta para comprender la dimensión de su mirada. Imaginemos la capital de entonces y aquella estructura monumental abriendo su cúpula al cielo caribeño, como si la creación dominicana aspirara desde allí a dialogar con el mundo. Cuando el país no entendía la dinámica de plazas comerciales, ya Cuqui Batista proponía la solución comercial urbanística en estructuras que hoy son referencia por su versatilidad, funcionalidad y belleza.

Del aporte arquitectónico se encargarán otros cronistas, explicarán cómo sus obras moldearon la modernidad, cómo un deforme progreso ha impactado su legado. Yo prefiero recordar al esposo de la artista Rosa Idalia García, al hermano de Pedro, al padre y al abuelo devoto que tuvimos la oportunidad de ver feliz mientras esperaba cada 6 de junio con entusiasmo y lucidez para celebrar la vida, siempre rehuyendo ir al médico, porque para preservar la salud había que estar lejos de ellos.

Su vida fue una expresión de amor: a la disciplina, al trabajo, a la naturaleza, al ingenio capaz de construir y reconsiderar lo construido, y a las artes como dimensión irrenunciable de la existencia humana.

Cuqui Batista no solo construyó espacios; defendió una manera libre, racional y humana de habitar la vida. En cierto modo, también nos enseñó a apropiarnos de la ciudad.

Sus lecciones están en el corazón de quienes lo conocieron, del ojo que verá sus obras con curiosidad y descubrirá lo difícil que es ubicar en un tiempo exacto la visión de un genio.

La ciudad que tanto amó, que celebró su vida y que en parte tomó forma mediante sus trazados y diseños, lo despidió sin atisbos de duelo fingido, sin pétreas guardias de honor ni lienzos destinados a perderse en la desmemoria. Y qué bueno. A veces las ausencias premian.

Allí estuvieron los que debieron estar y aunque hubo misa, lo suyo era un legado que trasciende cualquier credo y dogma porque fue una obra por y para la vida, la libertad.

Y eso estuvo presente, siempre y en la hora de su muerte. Amén.

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