Alofoke y el primer partido digital del país

No tengo una bola de cristal para anticipar el resultado de las próximas elecciones (…) pero no descarten a Santiago Matías.

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Cuando escribí una serie de artículos sobre Santiago Matías en esa semana muchos reaccionaron con descalificaciones contra esta columna. Algunos creyeron que defendía una candidatura y otros aseguraron que respondía a intereses ocultos. No escribo para complacer a nadie. Observo los hechos, estudio las tendencias e intento comprender hacia dónde se mueve la sociedad antes de emitir una opinión.

Byung Chul Han, el filósofo surcoreano, sostiene que vivimos en una sociedad del cansancio. Vale la pena leerlo porque esa idea ayuda a entender parte del fenómeno que hoy representa Alofoke: les habla a sus seguidores digitales, también interpela a personas cansadas de políticos que prometen cambios, llegan al poder y repiten las mismas prácticas de quienes gobernaron antes.

Existe un sector social que observa casos de corrupción relacionados con la justicia, la salud, el desayuno escolar, las pensiones, las contrataciones públicas y el tráfico de influencias. También observa que muchos responsables encuentran protección jurídica mediante recursos procesales mientras jóvenes de barrios pobres enfrentan procesos rápidos por delitos menores. Esa diferencia alimenta el descontento y fortalece cualquier discurso que cuestione el sistema.

Santiago Matías conecta con jóvenes desempleados, con quienes no encuentran oportunidades y con quienes sienten que el esfuerzo personal no basta para mejorar sus condiciones. También conecta con personas que dejaron los pueblos buscando futuro en las ciudades. Durante décadas la población urbana ha crecido y esa transformación cambió la conversación política nacional.

Las encuestas muestran un porcentaje importante de ciudadanos que afirma no sentirse representado por los partidos tradicionales. Ese segmento merece atención. No comparto la idea de que Alofoke tenga un respaldo bajo. Creo que su apoyo es mayor y puede convertirse en un actor decisivo durante el proceso electoral de 2028, aunque eso no implique alcanzar la Presidencia.

Los partidos tradicionales cargan con una responsabilidad evidente. Durante años han mantenido estructuras cerradas, liderazgos prolongados y escasa renovación. En muchos casos las decisiones permanecen concentradas en pequeños grupos. Las ideologías fueron perdiendo espacio frente a intereses internos y esa distancia debilitó la confianza ciudadana.

La pregunta consiste en identificar quién produjo las condiciones para el nacimiento de esta corriente política. La respuesta apunta hacia los partidos tradicionales. Fueron ellos quienes dejaron crecer una generación convencida de que la política dejó de escucharla. Esa generación reclama educación, empleo, vivienda, seguridad social y oportunidades reales para construir un proyecto de vida.

No tengo una bola de cristal para anticipar el resultado de las próximas elecciones. Quizás Alofoke no alcance la Presidencia. Pero sería imprudente descartar cualquier escenario cuando una parte considerable del electorado manifiesta rechazo hacia las organizaciones tradicionales.

Todavía existe tiempo para corregir el rumbo. El Partido Revolucionario Moderno puede impulsar reformas, fortalecer la justicia, aplicar el nuevo Código Penal, revisar el financiamiento público de los partidos y abrir espacios para nuevos liderazgos. La oposición también necesita renovarse, promover dirigentes jóvenes y entender que ninguna figura permanece vigente para siempre.

No descarten a Santiago Matías. Tiene capacidad, audiencia y comprensión del lenguaje contemporáneo para intentar construir el primer partido político digital del país. Si esa iniciativa prospera dependerá menos de la tecnología que de su capacidad para organizar equipos, seleccionar candidatos creíbles, construir propuestas verificables, respetar las instituciones y convertir seguidores en votos efectivos dentro de las reglas democráticas sin perder credibilidad ante los ciudadanos.

Demuéstrame que estoy equivocado.

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