Hay una enfermedad que se repite en todos los gobiernos, una especie de fiebre dorada que nubla la vista y el juicio de quienes la padecen: la ilusión de que el poder no termina nunca. Basta con observarlos. En el primer tramo del mandato sonríen, saludan, estrechan manos. Pero apenas el cargo se les acomoda en los hombros, empiezan a creerse imprescindibles. Y entonces el poder, ese animal astuto, comienza a devorarlos desde adentro.
No entienden que el poder tiene fecha de caducidad, y que, cuando el reloj político se acerca a su última vuelta, el aire se enfría. Los aplausos se vuelven murmullos, los aduladores desaparecen, y los mismos que ayer se inclinaban hoy fingen no conocerlos. Es el precio de la soberbia, ese vicio que el poder alimenta como un parásito.
He visto funcionarios que, en su breve momento de gloria, tratan a los demás con desprecio. Se permiten humillar, hacen esperar, niegan un favor como si su firma fuera una dádiva divina. No comprenden que el poder —ese espejismo que tanto encandila— no pertenece a nadie. Es prestado, como la juventud o la salud. Y cuando se acaba, todo se ajusta: los favores negados se recuerdan, las ofensas cobran intereses, y la soledad se instala como un castigo inevitable.
En este gobierno, como en los anteriores, abundan los que se creen semidioses. Y también los que aún no llegan y ya se sienten coronados por anticipado, imaginando el sillón como un trono. No entienden que el poder no ennoblece a nadie; solo amplifica lo que uno ya es. Si uno es mezquino, el poder lo vuelve cruel. Si uno es sabio, lo vuelve justo.
Aprendí que el poder ejercido con humildad deja una huella distinta. El que sirve sin humillar, el que escucha sin temer, prolonga su influencia incluso cuando ya no tiene un despacho ni escoltas. Porque el respeto no se decreta: se gana.
El poder, al final, no es más que un préstamo del tiempo. Y el tiempo, juez severo, siempre lo cobra todo.
Demuéstrame que estoy equivocado…
