El país amaneció otra vez pendiente de un perro que la DEA agarró como si fuese el cerebro del crimen organizado en Boca Chica y de un tipo que debió tirar más foto, más foto, más foto, el señor Bad Bunny.
La semana avanza sin novedades, con los partidos que dicen que todo está bajo control y la oposición que afila los dientes como si mañana hubiese elecciones. Y mientras todos discuten lo de siempre, yo sigo atrapado en un problema más sencillo y triste: lo casi imposible que me resulta leer un artículo en un periódico digital sin sentir que estoy corriendo en un maratón con piedras en los tenis.
Leer en los medios digitales debería ser un acto tranquilo, limpio. Hoy es un deporte extremo. Entro a un diario buscando un espacio de calma y lo que recibo es el equivalente informativo de entrar en una discoteca. Yo quiero una página ordenada, algo parecido a una mesa puesta con un mantel decente. En cambio, aparece un enjambre de anuncios que saltan como si hubieran desayunado bebidas energéticas.
Me prometen perder grasa, ganar músculo, conseguir pareja y vivir para siempre. A veces todo en un mismo recuadro. Y yo solo quería ver un titular.
La sociedad de quince segundos ha convertido la lectura en una misión de suicidas. El problema no son los textos. Es la coreografía de trampas que me rodea. Un banner se planta sobre el primer párrafo. Lo cierro. Otro salta encima del botón para cerrar el anterior. Intento borrarlo. Aparece uno nuevo que ni siquiera parece publicidad, sino un fantasma que detecta mi desesperación y quiere alimentarse de ella. Los periódicos dicen que sin anuncios no viven. No dudo de que sea verdad, pero así tampoco vivo yo como lector.
Aun así, insisto. Entro. Busco el texto que respira debajo del caos. Cuando lo encuentro, algo se ordena por un minuto. Es como oír a alguien hablar en un bar ruidoso y entenderlo a la primera. Una pequeña victoria que se siente más valiosa de lo que debería.
Leer hoy es una carrera de obstáculos donde nadie quiere admitir que está agotado. Leo con prisa, con sospecha, con el dedo listo para cerrar pestañas como si fueran moscas. Si el primer párrafo no me convence, lo dejo sin culpa. No es pereza. Es economía de energía.
Cada segundo hay algo compitiendo por mi atención: un mensaje, un video que se reproduce solo, un meme que no pedí. Leer se ha vuelto un acto clandestino.
Aun así, cuando un texto consigue retenerme, agradezco el milagro, aunque no lo diga. Por un instante la vida se estrecha. El país, anda detrás de la noticia del perro narco, la fiesta, la política, el griterío digital, pero al final todo se apaga. No soy usuario. Soy lector. Un oficio que ya suena a pieza de museo pero que todavía me sostiene.
Escribir también se volvió raro. No basta con sonar inteligente ni con parecer profundo. Hay que tener claridad, ritmo, algo que aguante el vendaval. No escribo para que me aplaudan. Escribo para abrir una rendija por donde entre un poco de luz. Para que, si alguien me lee, aunque sea sin querer, encuentre un minuto de respiro.
Y mientras las miradas del país siguen detrás de un perro narco que agarró la DEA y un tipo que debió tirar más fotos, yo vuelvo a mi terquedad. Leer, pese a todo.
Demuéstrame que estoy equivocado.
