Vacío político

Hay una sombra que corre por nuestras calles. No tiene siglas, ni banderas, ni siquiera discurso. Es una sombra discreta, casi educada, que se cuela entre conversaciones de café, entre los silencios de la gente joven y entre las noticias que pasan como ruido de fondo. Es el vacío político.

Antes la política estaba en todas partes. En la sobremesa, en la barbería, en la esquina donde alguien siempre tenía una teoría sobre el país. La gente discutía con pasión, a veces con rabia, pero discutía porque creía que algo estaba en juego. Hoy el ambiente es distinto. No es que la política haya desaparecido. Sigue ahí, en los carteles, en los discursos, en las campañas. Lo que ha desaparecido es la fe.

Entre los jóvenes ese vacío se siente con más claridad. Caminan con inquietud, con energía, con ganas de hacer algo con su vida y con su país, pero miran alrededor y no encuentran por dónde empezar. La política debería ser uno de esos caminos. Durante décadas lo fue. Hoy parece más bien un callejón sin salida.

Nadie les habla de futuro con convicción. Nadie les devuelve la capacidad de imaginar un mañana mejor que el presente. Los discursos están llenos de promesas, pero vacíos de horizonte. Se promete administrar lo que hay que corregir, lo que funciona mal, arreglar lo urgente. Pero casi nadie se atreve a hablar de sueños.

Y un país que deja de hablar de sueños empieza a acostumbrarse a sobrevivir.

Ese es el problema del vacío político. No es solo la falta de propuestas o de ideologías claras. Es algo más silencioso. Es la sensación de que da igual quién gobierne porque la historia no cambia demasiado. Que las elecciones se convierten en un trámite. Que los nombres cambian, pero el guion se repite.

La consecuencia de todo eso es una sombra de indiferencia. Una sombra lenta que no hace ruido, pero que se instala poco a poco en la cabeza de la gente. La política deja de ser una herramienta para transformar la realidad y pasa a ser un espectáculo lejano que se mira con desconfianza o con aburrimiento.

En ese clima ocurre algo curioso: el partido más grande en las encuestas de mediciones electorales empieza a ser ninguno.

Ninguno no tiene sede ni líder político. No organiza mítines ni imprime propaganda. Pero crece cada año. Sus militantes son ciudadanos que ya no creen que la política pueda cambiar sus vidas. Algunos votan por costumbre, otros no votan. Muchos simplemente se apartan.

Y cuando un país se aparta de la política, la política se vuelve más pequeña.

No siempre fue así. Hubo momentos en que la política servía para abrir puertas. Para imaginar reformas, cambios, oportunidades. La gente podía estar de acuerdo o no, pero había una sensación de movimiento. De que algo se estaba construyendo.

Hoy lo que predomina es una especie de cansancio anticipado.

Tal vez la solución no esté en inventar grandes discursos ni en repetir viejas consignas. Tal vez lo que hace falta es algo más sencillo y difícil al mismo tiempo: volver a hablar con honestidad. Volver a decirle a la gente que el país puede ser mejor, pero que para eso hay que pensar, discutir y arriesgar.

Porque los vacíos no duran para siempre. Tarde o temprano alguien los llena.

La pregunta es quién. Y con qué ideas.

Demuéstrame que estoy equivocado.

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