Si miráramos hacia Perú con siete presidentes en los últimos 10 años, y la inestabilidad política y económica en otros países de la región y del mundo, con movilizaciones de rechazo y hasta pedradas contra sus presidentes, los dominicanos deberíamos vanagloriarnos o al menos aprender a valorar lo que poseemos.
Dicen que nadie sabe lo que tiene hasta que lo pierde, expresión manida en boleros y tangos, que nos sirve para reiterar el compromiso con los valores democráticos y para advertir, principalmente al liderazgo político, que por encima de cualquier contradicción secundaria y de intereses distintos, hay que preservar el ambiente de paz y de institucionalidad que se respira en el país.
Es momento, por la turbulencia que nos circunda, de que la búsqueda de consenso mediante el diálogo sea la norma en el proceder de todos los sectores de la vida nacional, por lo que suscribimos el reciente llamado de Milton Ray Guevara de que ojalá el dominicano nunca pierda esa capacidad de dialogar.
La afirmación del expresidente del Tribunal Constitucional es a propósito de los escarceos respecto a la modificación del Código Laboral: “Nunca he creído en la política de todo o nada, siempre he creído en que el diálogo y la sensatez deben imponerse como garantía de preservar la paz social”.
Diálogo, consenso, como juiciosamente expone Nelson Espinal Báez, abogado de alto vuelo y experto internacional en negociación y mediación, en un escrito en que analiza el poderoso mensaje político y de madurez que significó el pronunciamiento conjunto de Abinader, Leonel, Danilo e Hipólito, líderes que representan proyectos enfrentados pero eligieron unirse para dar legitimidad a la voz dominicana en la ONU sobre la crisis haitiana.
El consenso es una herramienta de poder, dice Espinal Báez, que permite alinear los intereses de cada actor con los colectivos. “Así, el cálculo individual se transforma en una fuerza común capaz de multiplicar la influencia del país”, concluye.
Cuando el desacuerdo amenaza con generar enfrentamientos, el diálogo es la muralla más idónea contra el conflicto, y el consenso el mejor mecanismo para consolidar las bases de la paz social.
