Mi madre cumplió ochenta años y viajé a Barahona para verla. No fue un viaje solemne
ni heroico. Fue, sencillamente, ir a estar con ella. Salí de la ciudad sin hacer ruido, como quien no quiere perturbar lo importante.
Al llegar, la encontré con esa expresión serena que siempre la ha acompañado, esa forma tranquila de estar en el mundo que tienen las mujeres que han vivido sin pedir demasiado. Había estado indispuesta el mismo día de mi llegada, pero decidió maquillarse para que yo no lo notara. Le pidió a mi sobrina Isaura Omega que no me dijera nada. No era un secreto: era un gesto. Las madres hacen eso. Esconden el cansancio como antes escondían el miedo a no estar, convencidas de que amar consiste, muchas veces, en no preocupar a los hijos.
Al día siguiente, el día exacto de su cumpleaños, la vi como quiero recordarla. Alegre, sin estridencias. Con los labios pintados de rojo, una blusa verde y el rostro cuidadosamente arreglado. No había en ella deseo de parecer joven, sino voluntad de estar presente. Mi madre siempre ha creído que cuidar la apariencia es una forma discreta de respeto, una manera de decirle a la vida que todavía se la toma en serio e independiente.
Ha sido para mí una gran madre. Me dio siempre lo que tenía, sobre todo en esos días de la infancia en los que el mundo cabía en pocas cosas y bastaba una voz para sentirse a salvo. Pienso entonces en aquel verso de Machado, “mi infancia son recuerdos de un patio”, y entiendo que no importa el lugar exacto, sino la sensación de pertenencia. Yo soy lo único que Dios le dio. Cargo con ese peso silencioso de ser hijo único. Un peso que no aplasta, pero que acompaña. En mi juventud no siempre la entendí. Confundí su cuidado con exceso, su insistencia con control. Con el tiempo aprendí que amar también es repetir, esperar, quedarse y darlo todo por un hijo.
Hoy sé que ella, mi tía Alfa y yo somos una misma historia dicha con distintas voces. Nos une lo recibido de la abuela: su manera de mirar el mundo sin rencor, su forma de enseñarnos que la vida no es fácil, pero puede ser digna. No heredamos grandes cosas. Heredamos una ética sencilla: trabajar, cuidar, no hacer daño.
Ese mismo día fui a la mar de mi infancia. Fui a ver llegar a los hijos de la mar, como escribió Machado, “ligero de equipaje, casi desnudo”. Los vi aparecer en la playa del pueblo donde, cuando yo era niño me bañaba, mi madre estaba lejos, todavía joven, trabajando en Estados Unidos. Buscaba un espacio mejor mientras yo no entendía el mundo ni sus ausencias. Entonces el tiempo no dolía. Ahora duele un poco, pero enseña.
A sus ochenta años veo el tiempo escrito en su piel y en la mía. No como una derrota, sino como un registro. El mundo permanece, aunque el hombre lo estropee una y otra vez. Nosotros no. Nosotros pasamos. Somos viajeros de un trayecto que no se repite. “Caminante, no hay camino”, escribió Machado, y uno entiende tarde que caminar es aceptar que no hay regreso, solo memoria. La vida se va deprisa. Mirándola a ella lo comprendo mejor. No con estruendo, sino con discreción.
Un día creemos estar empezando y al siguiente estamos recordando. A veces parece que la vida se marcha hacia algún lugar que no conocemos, aunque el cuerpo se quede aquí, entregado debajo de la tierra y por encima al viento. Quizá por eso la mar de siete colores de mi pueblo conmueve tanto: porque se mueve sin detenerse, porque nunca promete quedarse, porque se va entre las espumas y el calor del viento marino.
Ese mes de enero que no termina de irse lo compartí con mi madre, con mi hija Melissa, con mi esposa María Esther, con mi sobrina y sus hijos. No hubo grandes discursos. Hubo comida sencilla, risas breves, silencios cómodos. La alegría de mi madre fue suficiente. Ella hizo tanto por mí y, como suele pasar, muchas veces los hijos guardamos las palabras que deberíamos decir a tiempo. Creemos que siempre habrá otra ocasión. Pero no. No sabemos que el tiempo escucha y, a veces, se lleva lo que no se dice.
Ahora, la computadora silenciosa de mi biblioteca se llena de esas palabras demoradas. Escribo no para corregir el pasado, sino para acompañarlo. Antes de que termine ella o yo, antes de que llegue ese día del que habló Machado, “cuando esté al partir la nave que nunca ha de tornar”, quiero dejar constancia de este amor. Ir ligero de equipaje no significa ir vacío. Significa llevar lo imprescindible: el amor y las palabras dichas para que no se borren con el tiempo.
Madre, te llevo conmigo. En mis pensamientos, en mis gestos cotidianos, en la manera en que miro a los otros. Has sido para mí un ejemplo de trabajo, de constancia, de dignidad sin alardes. Siempre bien arreglada, no por vanidad, sino por respeto. Tu alma noble me enseñó que la bondad no necesita explicaciones.
Cumpliste ochenta años y yo entendí algo más del tiempo. No como amenaza, sino como una forma de cuidado. Ese día en Barahona no celebramos solo un cumpleaños. Celebramos la vida compartida, la costumbre de querernos y ese amor que no hace ruido, pero sostiene.
