El huracán Elsa y el cambio climático

Este pasado sábado el huracán Elsa, categoría 1, con vientos máximos sostenidos de 120 kilómetros por hora, estuvo transitando por aguas cálidas del mar Caribe, al sur de la República Dominicana, y aunque desde el principio su trayectoria estuvo planteada 200 kilómetros alejada al sur del borde costero de Santo Domingo, anticipadamente se advirtió que sus lluvias y sus cargas de vientos producirían efectos importantes en algunas zonas del país, principalmente en la región suroeste, por ser una zona que estaría a menos de 100 kilómetros del ojo de este fenómeno meteorológico, siendo inusual que un huracán transite por el mar Caribe en el mes de julio, cuando las aguas marinas debían estar relativamente frías, y siendo menos usual que el fenómeno se desplace a una velocidad tan alta como 50 kilómetros por hora, el doble de la normal, lo que sugiere que las aguas marinas cada año están más cálidas que el año anterior, y que en tal virtud cada nuevo año podríamos tener cantidades récord de fenómenos meteorológicos, lo cual no debe ser difícil de aceptar como hipótesis porque desde el año 2014 estamos viviendo los años y los meses más calurosos jamás registrados por la Organización Meteorológica Mundial (OMM) y porque el pasado año 2020 la Administración Nacional Oceánica y Atmosférica (NOAA) de Estados Unidos originalmente estimó entre 13 y 19 tormentas nombradas, sin embargo, al final de la temporada acumulamos 30 tormentas nombradas, convirtiéndose en récord para un año, y donde hasta en noviembre hubo huracanes categorías 4 y 5.

Afortunadamente para Puerto Rico, República Dominicana y Haití, la presencia de una zona de muy alta presión barométrica, o anticiclón, generada por el aire caliente procedente del desierto del Sáhara, se localizaba sobre todo el Atlántico Norte y se extendía hasta cubrir los territorios insulares de Puerto Rico y República Dominicana, definiendo una invisible barrera anticiclónica, pues como un ciclón es una masa de aire húmedo con muy baja presión barométrica que gira gracias a las fuerzas de Coriolis generadas por la rotación de la Tierra a 1,667 kilómetros por hora y se desplaza empujada por el viento regional, cualquier zona de alta presión barométrica, derivada del aire caliente (porque la presión es directamente proporcional a la temperatura) obstaculiza y debilita el ciclón, lo que hace que el seguimiento a la evolución y dirección de un fenómeno meteorológico sea una tarea que incluye analizar la temperatura actual sobre la superficie del mar, la presión barométrica local y regional, el contenido de humedad en el aire regional, los flujos de vientos que empujan al fenómeno, los vientos cortantes o cizallas que afectan al ciclón en altura y la cantidad de polvo silíceo fino sahariano capaz de recoger parte de la humedad del aire y restarla de la humedad que requiere el ciclón para agrandamiento y fortalecimiento de su campo nuboso, porque el cambio climático altera esas variables.

Pero si apenas iniciando el mes de julio tuvimos un ciclón con categoría de huracán, el cual pudo acercarse a la República Dominicana y generar un desastre de no haber encontrado una extensa zona anticiclónica que lo mantuviera en el mar Caribe y lo debilitara, entonces es lógico pensar que en esta temporada ciclónica 2021 podríamos tener entre 20 y 25 ciclones que amenacen al Caribe, al golfo de México y a la costa este de los Estados Unidos, y quizás por eso el presidente de Estados Unidos, Joe Biden, visitó la sede de la Agencia Federal para Manejo de Emergencias de Estados Unidos (FEMA) y prometió duplicarles el presupuesto para duplicar los esfuerzos en materia de prevención de desastres vinculados a tormentas, huracanes e inundaciones derivadas, al mismo tiempo que trabaja arduamente para reducir emisiones gaseosas de dióxido de carbono (CO2) y metano (CH4) responsables del calentamiento global, todo lo cual se debe extrapolar a los demás países de la región y del mundo para que tomen igual acción, pues al final somos una vecindad donde más de 7 mil millones de personas estamos cada día más y más expuestos a efectos directos de un calentamiento global que desde el año 1950 ha estado ascendiendo de manera exponencial, y cuyas consecuencias se observan en multiplicación y fortalecimiento de fenómenos atmosféricos, largas sequías, derretimiento de hielos polares, incremento del nivel del mar en La Florida y muchas partes del mundo, erosión acelerada de playas, terrible ola de calor que hoy calcina las costas noroeste de Estados Unidos y Canadá produciendo cientos de muertes por golpes de calor, y donde ancianos, hipertensos y enfermos cardiovasculares son los más vulnerables.

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