Son múltiples las etapas que viven las parejas, casadas o no, pero, sin duda, una de las más cruciales es aquella que, aunque obvio y ley de vida, anuncia la partida de los hijos: porque crecieron, se casan o simplemente alzan el vuelo en busca de su destino o sueños…
Y es curioso, pues hasta los animales -el mejor ejemplo, es el de las águilas-, en ese proceso, nos llevan años luz al preparar a los críos para ese vuelo; mientras que el hombre muchas veces se convierte en obstáculo, freno y antinatural resistiéndose, egoístamente (o por traumas o patología), ante lo que debería ser una comprensión sin dolor, un hecho comprensible o de alegría y gozo, pues se pondrá a prueba la crianza, el carácter, la educación y el equipaje -valores y principios- con que habrá de enfrentar el mundo…Por ello, el primer acto de conciencia de todo padre es saber que, tarde o temprano, los hijos se van; y sino una de dos: o criaste hijos huevones; o peor, lo concebiste como una extensión tuya que jamás emprenderá el vuelo, y el daño -psicológico-emocional (quizás atenuado con terapia)- será permanente. pero mientras viva, tu padre o madre, cargará con la culpa de no dejarlo crecer… (un horrendo crimen de daño, crueldad y abuso). El cuidado y guarda, de los hijos ya adultos, solo se justifica en casos especiales; y aun así, si hay algún atisbo de que puedan desarrollar su independencia, solo acompañar y motivar es lo correcto.
De lo contrario, surge el hijo/a flojo, dependiente, débil de carácter o parásito por crianza y adaptación, pero que tú, padre, madre o pareja, fomentaste por egoísmo, abuso y sobreprotección que él no te pidió, pues nadie aspira a ser minusválido…
Allí, también, mora el padre o la madre narcisista que castra, manipula y anula a su propio hijo del disfrute del desafío de la vida para hacerlo infeliz en su egoísmo enfermizo, trauma o patología. En fin, cualquier pareja que no se prepara para la etapa del nido vacío lleva consigo el fracaso doble: el de ellos mismos y el del hijo que castraron.
Nada más confortable y realizador que ver a los hijos felices, crecer y hacer sus vidas sanas, prósperas y realizadas. Y no importa la carrera, el oficio u ocupación que escogieran, siempre y cuando sean ciudadanos de bien, trabajadores y responsables. En eso consiste el ser buen padre, entendiendo y que, al final, el nido nunca quedará vacío si hay amor y conciencia plena de que la pareja es lo más trascendente; pues, los hijos no son alcancía o sostén económico obligatorio en la vejez. Raras veces un hijo que fue criado en amor, respeto y responsabilidades no honra a sus padres (y si no es el caso, no se enoje o lamente, pues ya usted hizo su tarea: total, ellos no pidieron venir al mundo…).
