El Premio Nacional de Literatura

El Premio Nacional de Literatura siempre ha tenido algo de foto familiar. Traje oscuro, aplausos largos, un discurso que intenta resumir décadas de trabajo en diez minutos y un auditorio que asiente con la cabeza como si todos compartieran el mismo recuerdo. Durante años fue, además, una certeza: el premio serio, el que no se discutía demasiado porque detrás estaba la Fundación Corripio, sosteniéndolo con esa mezcla de discreción y constancia que solo tienen las instituciones que creen en lo que hacen.

Y eso hay que decirlo. En un país donde muchas cosas se improvisan, este premio ha resistido. Ha tenido peso. Ha sido, dentro de lo posible, un reconocimiento limpio.

Pero algo empezó a incomodar.

No porque los premiados no lo merezcan. Lo merecen. El problema es la sensación de que el jurado mira el calendario más que la obra. Como si la edad fuera el argumento principal y el libro, una nota al pie. Hay escritores que bromean con que el galardón se ha convertido en un premio a la piedad o, peor aun, en un premio a la despedida. La escena se repite: llaman al elegido y del otro lado hay una respiración lenta, una voz sorprendida que apenas puede sostener la conversación. No es una caricatura. Es una imagen que se ha vuelto demasiado frecuente.

El premio, entonces, corre el riesgo de parecer un acto de reparación tardía. Como si el país dijera: “Perdón por no haberte leído a tiempo”. Y eso, aunque suene noble, también es triste.

La literatura dominicana no es una sala de espera. Está viva, se mueve, discute, publica, polemiza. Hay escritores que no necesitan compasión sino reconocimiento. Autores con una obra madura, sólida, trabajada con años de disciplina. Emilia Pereyra, Rafael Peralta Romero, César Zapata, Plinio Chahín, Pastor de Moya, Odalis Pérez, Virgilio López Azúan, Avelino Stanley, Basilio Belliard, Nan Chevalier. No son promesas. Son realidades.
Han puesto su intelecto, su tiempo y hasta su estabilidad personal al servicio de la escritura. Eso no es un hobby elegante. Es una forma de resistencia.

Manuel Corripio, que es lector y curioso genuino de la literatura dominicana, lo sabe. Quizás ahí esté la clave del futuro del premio. No en romper con su historia, sino en ensancharla. En atreverse a mirar más allá de la generación que ya está en el álbum sepia. Pepín puede dejar como legado no solo la continuidad del galardón, sino su renovación silenciosa. Porque un premio también dice cómo un país se mira a sí mismo. Si solo reconoce a sus escritores cuando están a punto de irse, transmite una idea incómoda: que el talento es más respetable cuando ya no molesta, cuando ya no discute, cuando ya no compite. Premiar en plenitud es otra cosa. Es aceptar que la literatura es presente, no archivo.

No se trata de juventud contra vejez. Se trata de justicia en el tiempo adecuado. De entender que una obra madura no necesita esperar el deterioro físico de su autor para ser celebrada. El Premio Nacional de Literatura todavía tiene margen para corregir esa percepción. No necesita un escándalo ni una reforma dramática. Solo ampliar la mirada.

A veces los cambios más importantes no hacen ruido. Se notan en la próxima llamada telefónica. Y en la voz que, del otro lado, todavía tiene fuerza para decir gracias sin que suene a despedida.
Demuéstrame que estoy equivocado…

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